Vivimos en una democracia que solo sirve para que los que ya ganan sigan ganando. Desde las cavernas hasta hoy, el sistema se ha perfeccionado para que cada cuatro años nos dejen ir a un colegio que huele a lápices y colonia de niño a hacer cola como imbéciles y votar… para que luego todo siga exactamente igual.
Da igual quién gane. Da igual quién se presente. Hasta Pablo Emilio llegó al Congreso en Colombia… El resultado siempre es el mismo: se gobierna para mantener a la parroquia, repartir migajas y alimentar a los cercanos, a los chivatos y a los que ya están dentro del chiringuito.
Las democracias, que según Churchill son “el peor sistema… exceptuando todos los demás”, están demodé. Se han convertido en un teatro caro cada cuatro años. En España, por ejemplo, la abstención en las últimas elecciones generales superó el 40 % en muchos distritos. La gente ya ni se molesta en fingir. Sabe que da igual.
Mientras tanto, los de arriba siguen cobrando
El 1 % más rico de España acumula ya más riqueza que el 70 % de la población (datos Oxfam e INE 2025-2026). Y cada vez que hay elecciones, nos venden el mismo cuento: “esta vez sí va a cambiar”. Mentira. Siempre mueren los mismos gilipollas a los que luego llaman héroes, y sus madres lloran porque no entienden nada.
Las revoluciones tampoco sirven. Sólo cambian de amo. Y las democracias clavan la rodilla porque ya no engañan a casi nadie. Mírenlo en el mundo real: Taiwan vive agachada ante Xi Jinping. Trump pisa Teherán y medio mundo aplaude o calla. En Rusia, la corrupción está tan instalada que un relevo real parece ciencia ficción.
Y Europa… Europa es un chiste. Una Europa unida, fuerte y soberana sería una potencia de verdad. Pero hoy es sólo un sueño bonito mientras por la mañana nos levantamos a hacer bici y a desayunar sano para olvidar que seguimos siendo irrelevantes.
Cada cuatro años nos hacen creer que votamos. En realidad, sólo renovamos el contrato de esclavitud voluntaria.
Y lo más triste es que seguimos haciendo cola.
