Papá está casado con mamá. Mamá está casada con Julián. Julián, que trabaja en una clínica de relax, le dice a papá que no hay por qué decir no, si no lo ha probado. La abuela llora la muerte del abuelo, caído en la batalla de Brunete por un golpe de tos… mientras se echa las manos a la cabeza grita: «¡Qué putos degenerados!».
Mamá le ha dicho a Julián que la lleve a ver al Alzheimer. No sé dónde fueron, ni quien es, porque soy de letras, eso sí, volvieron con una pastilla rosa, otra azul y una que mamá también toma para los nervios, cuando chilla porque papá se ha quedado a dormir con Koral, que antes era Ernesto, con ‘H’…
Acaba de ser mi cumpleaños y vinieron mis amigos. ¡Qué risa! Son los mismos de hace cuarenta años. Viven en el barrio, bueno, casi todos. Mariano se marchó a Suiza con sus abuelos, que ya se fueron al cielo y le dejaron una tienda de chistorras donde, según él, blanquea casas los fines de semana. ¡Qué suertudo!
A los pocos días la abuela empezó a decir que había un dinosaurio en el baño. Le quitaron una pastilla, le pusieron otra blanca y ahora sueña que vuela y se cae de la cama. Mis tíos no pueden quedarse con ella. Uno está con depresión en un centro de reposo mental y su mujer no quiere saber nada de este circo familiar. Los otros viven en el pueblo, lleno de cuestas abajo, y tienen miedo de que la abuela salga corriendo y encuentre la libertad.
Así que, con el consentimiento del Altísimo (que brillaba por su ausencia), la llevaron a un lugar que unos llaman residencia, otros centro de mayores y los más sinceros… sala de espera. Y allí se subastan abuelos a cambio de besos y abrazos, con carteles que anuncian que tienen mucho amor para dar y todavía más para recibir. Son la caja fuerte de la experiencia de una especie que se está olvidando de encender el sol y sólo piensa en la herencia que les recluye y aleja del amor de los suyos…
Papá se ha casado con Julián y la abuela ya no toma pastillas, toma fentanilo.
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…
