SILBANDO CON LOS OJOS

Llega el tren. Siempre llega a su hora, a la hora de él. A la de una, a la de dos… a la hora exacta de Rodalies, que se está llevando la inversión directamente a la casa de Salvador Illa, ese que debería hablar más de lo que rima con su apellido: mascarilla.

Y ya que hablamos de mascarillas y de mascaradas, ahí tenemos a la presidenta de Madrid en pleno México de Chimpún, exigiendo que los españoles pidamos perdón por ser los sucesores de los tatatatatatararararararaabuelos que se llevaron el oro… ese mismo oro que después los piratas ingleses pusieron gustosamente a los pies de sus reyes.

Decir que México es un estado fallido suena a provocación barata. Hasta que enciendes el informativo y ves cómo ayer mismo encontraron varias bolsas llenas de cadáveres. ¿Asesinados por quién? Vaya usted a saber. ¿Se investigará? Para qué. Total, son sólo unos cuantos más entre los miles que ya desaparecieron y que seguirán desapareciendo sin que a nadie le tiemble el pulso.

Mientras tanto, la ingeniería social que nos rodea sigue funcionando con precisión de reloj suizo. Tan sofisticada, tan silenciosa y tan peligrosa que puede explotar en cualquier momento en las manos de quienes creen que la dominan. Demostrado queda que aquellos que llenaron las calles del mundo de esperanza, se refugiaron en los mismos paraísos fiscales de aquellos a los que dijeron odiar y perseguir.

La política es el arte de la combinatoria, de la mentira, de los tacones por dentro, de la falsedad documental, de la estafa al administrado, del traje a medida, del enredo… Sería interesante releer ‘El Emilio’ de Jean Jacques… ¿La sociedad es una mierda porque nació así? O sería más justo decir que la sociedad era perfecta hasta que llegó el hombre. Los que pastan son comidos por los que se los comen y los humanos se comen los sueños de la sabana bajera…

Y cuando eso ocurra, no habrá mascarilla que valga, ni lugar donde esconder la cabeza, como no sea debajo del brazo.

El amor dura lo que tarda en bajar la cuesta que subimos de espalda.

Pedro de Aparicio y Pérez de Lucentis

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