“Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.”
— Giuseppe Tomasi di Lampedusa, El Gatopardo
Tras dieciséis años instalado en el poder con la comodidad de quien ya confunde el Estado con su salón, el primer ministro húngaro Viktor Orbán ha perdido las elecciones parlamentarias del pasado domingo. Y no por poco: el partido Respeto y Libertad (TISZA) ha irrumpido con una mayoría de dos tercios, ese tipo de mayoría que no pide permiso, que directamente redecorará la casa.
El orbanismo, que durante años se vendió como un bastión inexpugnable de orden, tradición y valores familiares —con esa mezcla de épica nacional y ceño fruncido— ha acabado tropezando con una de esas ironías que la política reparte con especial gusto: un escándalo que olía exactamente a lo contrario de lo que predicaba.
Corría febrero de 2024 cuando la entonces ministra de Justicia, Judit Varga, y la presidenta, Katalin Novák, tuvieron que dimitir tras un indulto presidencial concedido a un cómplice en un caso de pedofilia. El problema no fue solo el indulto. Fue el espejo. Porque de pronto, el discurso moral de Fidesz —ese que llevaba años señalando cómo debían vivir los demás— se vio reflejado en algo bastante menos edificante.
Y cuando la autoridad moral se resquebraja, aparecen los oportunistas. O los salvadores. O ambas cosas a la vez.
Ahí entra Péter Magyar, exmiembro del propio sistema, exmarido de Varga, y ahora reconvertido en ariete del cambio. Un personaje que parece salido de un guión demasiado ambicioso: insider reconvertido en rebelde, con discurso reformista y envoltorio de conservadurismo reciclado. Lo justo para no asustar demasiado, pero sí lo suficiente como para vender novedad.
Claro que el paquete viene con advertencias. Sobre Magyar pesan acusaciones que, de ser ciertas, dibujarían un perfil más cercano al desastre personal que al estadista. Se le ha descrito como maltratador, cocainómano, alcohólico, inestable, incluso protagonista de conductas profundamente perturbadoras, como la de reventar un cachorro en un microondas y masturbarse delante de sus hijos. Pero aquí aparece una constante de nuestro tiempo: la verdad importa hasta que deja de importar. Y cuando el hartazgo social alcanza cierto umbral, el electorado empieza a votar más contra lo que detesta que a favor de lo que conoce.
Porque si algo ha impulsado esta victoria no es tanto el amor por Magyar como el cansancio hacia Orbán. La Hungría de los últimos años ha sido un lugar donde la inflación se disparó en 2023, donde los servicios públicos crujen, donde la corrupción dejó de ser un escándalo para convertirse en paisaje, y donde el clientelismo ya no se esconde: se gestiona.
Y en ese paisaje, la juventud húngara ha sido especialmente clara: no hay épica que compense un futuro gris.
Magyar ha sabido leer ese clima. No ha prometido una revolución, sino algo mucho más vendible: una corrección. Un “esto no funciona, vamos a arreglarlo” envuelto en lenguaje moderado y con guiños suficientes a todos los lados como para no incomodar en exceso. Una operación de marketing político bastante eficaz, hay que reconocerlo.
Europa, por su parte, ha reaccionado con ese entusiasmo diplomático que mezcla alivio y oportunismo. Tras años de fricciones con Orbán por el Estado de derecho, la prensa libre y otras minucias democráticas, la llegada de un nuevo liderazgo se interpreta como una oportunidad. O al menos, como un descanso.
Pero la onda expansiva no se queda en Budapest.
El final de Orbán tiene consecuencias directas para Santiago Abascal y para Vox, que durante años encontraron en el líder húngaro algo más que un aliado: un paraguas. Orbán no solo ofrecía respaldo ideológico, sino también contactos, legitimidad internacional y una especie de padrinazgo político en el ecosistema de la nueva derecha europea.
Era, en términos prácticos, el intermediario que facilitaba conexiones con figuras como Donald Trump y el arquitecto de ciertas alianzas dentro de ese club difuso llamado “patriotas europeos”. No es menor el detalle de que fue el propio Orbán quien impulsó a Abascal como figura destacada en ese entramado. Cuando desaparece el padrino, el protegido queda, como mínimo, más expuesto.
Y luego está el dinero. Siempre está el dinero.
La posible caída de influencia del entorno de Orbán puede afectar a los circuitos financieros que orbitaban a su alrededor. En ese contexto aparece MBH Bank, entidad con estrechos vínculos con el poder húngaro, que concedió a Vox alrededor de 15 millones de euros para campañas recientes. Si ese grifo se les cierra a los ARIZA o simplemente se reduce, el impacto no será ideológico, será operativo. Y ahí es donde la política deja de ser relato y vuelve a ser contabilidad.
Hungría abre ahora una nueva etapa. Con ilusión, sí. Con expectativas, también. Pero sobre todo con una pregunta incómoda que no desaparece con un cambio de caras: si el problema era el sistema o simplemente quién lo estaba administrando.
José Antonio RULFO
