TRASTORNO AFECTIVO ESTACIONAL

El aumento de la temperatura se vincula a más diagnósticos en salud mental

EL DOBLE DE FRECUENTE EN MUJERES

El incremento de la temperatura puede condicionar uno de cada cuatro nuevos diagnósticos de ansiedad y cerca de uno de cada seis casos de depresión1

El incremento de la temperatura ambiental y los cambios propios de la primavera se asocian con un mayor número de diagnósticos en salud mental, según diversos estudios recientes. Aunque esta estación suele relacionarse con bienestar, más horas de luz y temperaturas agradables, para muchas personas también implica un aumento de la ansiedad, la inquietud y la dificultad para relajarse.

Los expertos explican que el cambio estacional eleva la activación fisiológica del organismo. La mayor exposición a la luz influye en la regulación de la melatonina y otros neurotransmisores relacionados con el estado de ánimo, mientras que el ascenso térmico y la modificación de rutinas pueden alterar los ritmos circadianos y el descanso. Esta combinación de factores biológicos y conductuales puede generar desajustes emocionales temporales.

De hecho, los datos indican que el aumento de la temperatura podría estar relacionado con aproximadamente uno de cada cuatro nuevos diagnósticos de ansiedad y cerca de uno de cada seis casos de depresión, lo que equivale al 25% y al 17%, respectivamente. Estos cambios afectan especialmente a personas con mayor vulnerabilidad previa, en quienes los síntomas pueden intensificarse o aparecer de forma transitoria.

El fenómeno también se relaciona con el trastorno afectivo estacional (TAE), un patrón de alteraciones del estado de ánimo vinculado a las variaciones de luz y clima. Su prevalencia se sitúa entre el 1% y el 10% de la población, es el doble de frecuente en mujeres y suele iniciarse entre los 18 y los 30 años. Aunque muchas personas experimentan una mejora del ánimo en primavera, una minoría presenta el efecto contrario, con irritabilidad, insomnio y ansiedad.

Ritmo biológico y cambio horario

A estos factores se suma el cambio al horario de verano, que implica la pérdida de una hora de sueño y puede alterar el equilibrio del organismo. Aunque la evidencia científica es diversa, algunos estudios apuntan a variaciones en el estado de ánimo, el insomnio o la somnolencia tras esta transición. En personas vulnerables, estos desajustes pueden favorecer la aparición o el empeoramiento de síntomas, aunque el organismo suele adaptarse de forma progresiva en unas dos semanas.

En este contexto, los especialistas recomiendan prestar atención a señales como alteraciones del sueño o el apetito, fatiga persistente, cambios intensos de humor o aislamiento social. Comprender que el cuerpo necesita un periodo de adaptación y aplicar estrategias adecuadas para manejar la ansiedad puede resultar clave para mantener el equilibrio emocional durante la primavera.

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