…No llegó al trote cochinero, pero tampoco habría desentonado. La comparecencia de M. Rajoy en la Audiencia Nacional por el caso Kitchen no fue una declaración judicial al uso, sino una autoparodia: una exhibición de desfachatez convertida en estilo político…
Su desprecio y su cinismo fueron tales que casi habría dado igual sentar en la silla al bolso de Soraya. El resultado habría sido parecido. Rajoy no acudió como un expresidente dispuesto a aclarar hechos graves relacionados con el funcionamiento del Estado. Prefirió su vieja fórmula: distancia impostada, memoria selectiva e ironía defensiva.
Cuando le preguntaron por los múltiples alias con los que aparecía citado, respondió: “Yo me llamo Mariano Rajoy, como todo el mundo sabe, y luego cada uno me llama como quiere. Por tanto, pregúntele a ellos”. No fue una ocurrencia: fue toda una estrategia. Convertir la responsabilidad en chascarrillo.
El interrogatorio giraba sobre acusaciones serias, entre ellas las afirmaciones de Luis Bárcenas sobre supuestas entregas de documentación sensible y dinero en metálico. Rajoy lo negó todo con rotundidad, calificándolo de “absolutamente falso”. Nada nuevo. Lo llamativo fue el retrato que quiso construir de sí mismo: el de un dirigente que ocupó durante décadas puestos clave y, sin embargo, parecía no enterarse de nada importante.
Cuesta comprar esa imagen. No hablamos de un recién llegado ni de un cargo menor. Hablamos de un registrador de la propiedad, presidente de partido y presidente del Gobierno. Pretender que desconocía qué hacían sus colaboradores más cercanos o qué dinámicas se movían a su alrededor no resulta creíble. Y convertir la ignorancia en coartada tampoco.
El Barbas insistió en que nunca ordenó seguimientos a Bárcenas y que, si habló con alguien del partido, fue porque “era un tema que no era grato”. Una frase marca Rajoy: parece decir algo, pero no aclara nada. Todo ocurre, pero nadie responde.
Más allá del contenido, lo que dejó su comparecencia fue una sensación de desafección hacia el ciudadano. No tanto por lo que dijo, sino por cómo lo dijo: el tono, las evasivas, el refugio en un personaje construido durante años. Como si esperara que el votante aceptara explicaciones que no resisten un análisis mínimo.
Rajoy no sorprendió. Y quizá ese sea el problema. Incluso en un contexto tan serio, actuó como siempre: haciendo de la ambigüedad una herramienta política. Esta vez, además, dejó al descubierto algo más profundo: una forma de entender el poder y la rendición de cuentas con un fondo moral del tamaño de una lata de anchoas
José Antonio RULFO.
