Todo sucedió con la velocidad de nuestro tiempo. Ruidos en el exterior, confusión, movimientos del servicio secreto, salida apresurada de autoridades e invitados. Y casi al mismo tiempo, una avalancha de interpretaciones alternativas en redes sociales. No hubo margen para la digestión informativa. La sospecha nació al mismo tiempo que la noticia.
Antes incluso de que existiera una versión consolidada de los hechos, ya circulaban hipótesis de todo tipo: montaje político, maniobra de distracción, estrategia electoral, sobreactuación institucional o simple incompetencia convertida en espectáculo. La cuestión dejó de ser qué había pasado para convertirse en cuál relato resultaba más atractivo.
Ese es uno de los rasgos centrales de nuestro tiempo: los acontecimientos ya no compiten con otras noticias, sino con versiones paralelas fabricadas en tiempo real. Y muchas de ellas no necesitan pruebas; les basta con insinuaciones, fragmentos de vídeo, gestos congelados, declaraciones sacadas de contexto o una coincidencia convertida en trama.
La viralidad no premia la solidez, sino la narrativa. Da igual que una teoría sea inconsistente si resulta emocionante, útil ideológicamente o entretenida. El algoritmo no pregunta por la verdad; pregunta por la reacción.
En este ecosistema, cualquier incidente que involucre a una figura polarizante se convierte automáticamente en materia prima para la sospecha. Ya no importa si hablamos de política, seguridad, salud pública o economía. La mecánica es siempre la misma: ocurre algo, se fragmenta la realidad y cada tribu elige la pieza que mejor confirma lo que ya pensaba.
Lo más preocupante no es que existan dudas. Dudar es sano. Preguntar es necesario. Contrastar debería ser obligatorio. Lo preocupante es otra cosa: la desaparición de la diferencia entre duda razonable y construcción arbitraria.
Cuando todo puede ser un montaje, nada puede ser verificado.
Y cuando nada puede ser verificado, la verdad deja de importar y solo queda el espectáculo.
Quizá por eso la cena de los idiotas no estaba dentro del salón. Quizá éramos todos los que mirábamos desde fuera.
José Antonio RULFO
