Juan Pablo II no se limitó a pedir libertad. Apoyó a Solidarność, presionó al poder comunista y contribuyó de forma decisiva a la caída del Muro de Berlín y a la unificación de Europa. Dio pasos concretos y tuvo consecuencias reales.
León XIV, en cambio, llega a España, recibe medallas, bendice tartas con pan de oro y posa con quienes gestionan y destrozan el país. Habla de los pobres y de los migrantes mientras el Estado Vaticano mantiene una política de acogida más bien simbólica. ¿Cuántos refugiados e inmigrantes ha acogido realmente el Vaticano en los últimos años? La respuesta es incómoda.
Mientras tanto, en España siguen sin casa miles de personas tras el volcán de La Palma, el terremoto de Lorca y la última DANA. Esta visita no ha servido para presionar, para exigir ni para mover nada. Solo ha servido para que la Conferencia Episcopal y ciertos políticos se hagan la foto y sigan como estaban.
No se trata de pedir milagros. Se trata de señalar que, cuando las palabras no van acompañadas de actos reales, acaban siendo sólo escenografía. Juan Pablo II entendió que para cambiar las cosas había que arriesgar y empujar. Este Papa parece preferir el aplauso fácil y el catering de gambas, rodeado de los de siempre.
Al final, la pregunta es muy sencilla: ¿para qué sirve un Papa que sólo habla? ¿Para qué sirve una Iglesia que predica una cosa y practica otra?
¡Todo es una gran mentira!
Mirar las barrigas de los obispos y las caras de los Ábsides para entender que esto no mola…
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…
