Mientras la ciudad afrontaba una presión migratoria sin precedentes, otra noticia acaparaba discretamente su espacio en la actualidad: la Armada incorporaba una nueva embarcación. Cualquiera pensaría que semejante adquisición serviría para reforzar el control de las aguas fronterizas. Error. Todo apunta a que la verdadera prioridad era garantizar que el Rey dispusiera de una embarcación competitiva para la Copa del Rey de vela. Navegar frente a las costas de Ceuta parece bastante menos atractivo que competir por un trofeo con nombre propio, especialmente si eso implica acercarse demasiado a las aguas territoriales de su hermano Mohamed VI, que hermano es el tratamiento que se deparan, lo que puede llevar a la confusión de pensar que sexto es su apellido.
Las relaciones entre ambas monarquías, por cierto, deben de gozar de una salud envidiable. Mientras Ceuta era invadida, la Embajada de Marruecos celebraba con toda normalidad el aniversario de la entronización de Mohamed. Por allí desfilaron y permanecieron como si con ellos no fuera el asunto, Felipe González, el juez Pedraz, Ángel Gabilondo, el ministro Planas, Cayetano Martínez de Irujo y un nutrido elenco de personalidades y personajes de medio pelo, entre los que brillaba la calva de Nacho Abad -qué fuerte colega., que brindaron con champán francés como si la soberanía nacional perteneciera a otros.
Para despejar las incógnitas de la ecuación, se personó en Ceuta el matrimonio Jiménez-Porter, quizá convencidos de que aquello obedecía a una invasión alienígena, por la locura y la desorganización perpeuta… un detalle que no es menor, pues indica el nivel de desinformación que disfruta nuestra sociedad.
Mientras España ha destinado 17.000 millones de euros a la guerra contra el ruso, y contra la certeza de que en cuestión de meses se iba a presentar Putin en los Pirineos, nuestra frontera es una valla con unos boquetes propios de la pista de tenis de una de esas urbanizaciones abandonadas de El Pocero. Eso sí, la nueva medida disuasoria ha consistido en instalar unas corcheras flotantes ―rojas para que se vean― que limitan el espacio. Suerte que no les ha dado por pintar con unas brochas las líneas divisorias. A todo esto, nuestro ejército anda disperso por todos los continentes en múltiples misiones internacionales mientras nuestra ministra tira de los pelos y araña al ministro de Interior.
Al final, y mientras Pedro Sánchez practica el sudapollismo y nos recomienda que escuchemos a Quevedo este verano, la política española mantiene su admirable capacidad para vivir de espaldas a la realidad de un país que, como la antigua embarcación de Felipe, hace aguas.
José Antonio RULFO.
