Hoy la Puerta del Sol —Puerta, no “Plaza del Sol”, por mucho que algunos se empeñen en rebautizar hasta lo que no es suyo, es de todos— vuelve a parecer cualquier cosa menos el corazón de Madrid. Una plaza con solera, con una osa pintarrajeada, disfrazada, puteada y convertida en soporte de todas las causas posibles. Una Puerta que no está ni se la espera. Comercios que protestan porque el campamento les ahoga, turistas que atraviesan aquello mirando dónde pisan y ciudadanos a los que se les explica que todo forma parte de una nueva normalidad.
Pues no. El espacio público también es de quien simplemente quiere cruzarlo.
Manifestarse es un derecho. Ocupar indefinidamente el centro de una ciudad como si fuera una urbanización experimental es otra cosa. Dormir, cocinar, montar estructuras, cerrar pasos y convertir el kilómetro cero en un juego permanente de casitas quizá sea muy revolucionario para quien ya tiene techo al que volver y ellos lo tienen. Pero, los demás pagan el experimento sociológico…
Y entonces aparece la gran contradicción de nuestro tiempo: quienes reclaman vivienda digna pueden terminar haciendo imposible la vida al camarero, al comerciante, al taxista, al trabajador y al vecino que sobreviven precisamente alrededor de esa plaza. Muy progresista todo. El comercio pierde clientes, el centro pierde pulso y Madrid gana otra postal de suciedad, pancarta y meada.
Madris, chotis y pis.
Porque hemos llegado al punto en que cualquier sueño privado parece convertirse automáticamente en obligación colectiva. Tú ahorras. Tú madrugas. Tú pagas impuestos. Tú compras tu teléfono, tu coche o tu casa cuando puedes. Y aparece alguien para explicarte que tu esfuerzo es un privilegio y que su necesidad genera derechos sobre lo que tú has construido. No. La solidaridad no consiste en convertir al ciudadano que cumple en culpable de haber cumplido. Ni la vivienda se arregla montando una ciudad de lona en Sol. Madrid necesita casas. Necesita alquileres posibles. Necesita suelo. Necesita construcción. Y necesita política. Lo que no necesita es que le expliquen que oler a pis también es resistencia.
Y mientras unos bailan el chotis y otros juegan a la revolución, la osa sigue mirando al madroño. Probablemente preguntándose, como nosotros:
¿pero qué coño habéis hecho con Madrid?
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…
