Cuando veo las fotos de las joyas de Zapatero pienso en mis abuelas venezolanas. No sé por qué. Quizá por las piedras de colores, los engastes de oro y las formas de esos collares y zarcillos que parecen guardar una historia detrás de cada pieza. O quizá sea algo más sencillo: durante mi infancia, en Caracas, las joyas formaban parte de mi paisaje familiar. Mi abuela materna, Tatiana, compraba y vendía oro y piedras preciosas. Conocía su valor, distinguía los diseños y podía pasarse una tarde entera examinando una sortija o un collar. Para mí, acompañarla era entrar en un mundo de vitrinas, cajitas y conversaciones sobre oro, rubíes, esmeraldas y zafiros.
La Francia era uno de nuestros destinos favoritos. El edificio, situado en el centro de Caracas, cerca de la Plaza y de la Casa de Bolívar, era conocido por concentrar un centenar de locales dedicados a la joyería. Allí me llevaba mi abuela Tatiana. Todavía recuerdo aquella sensación infantil de caminar entre las tiendas mientras ella saludaba a los joyeros, preguntaba por las piezas y examinaba las vitrinas. No sabría decir hoy cuántas de aquellas tiendas conocía ni cuántos de sus propietarios llevaban allí décadas. La Francia no era solamente un edificio donde se compraba y vendía oro: era un pequeño universo económico y familiar, construido durante años alrededor de un oficio.
Mi abuela paterna, Miroslava, tenía una relación muy distinta con las joyas. Le fascinaban las piezas de apariencia imperial, las que lucían las zarinas, con piedras grandes, diseños recargados y ese aire de riqueza antigua que tanto le gustaba. Le encantaba aparentar. Tatiana tenía una mirada más comercial; Miroslava, más teatral. Entre las dos aprendí que una joya puede ser una inversión, un recuerdo, una declaración de identidad o, sencillamente, una manera de llamar la atención. Por eso, cuando veo los conjuntos de rubíes, esmeraldas y zafiros de Zapatero, reconozco algo de aquella estética que acompañó mi infancia. Me resulta familiar.
Después llegó febrero de 2010 y, con él, uno de mis recuerdos más dolorosos. Durante su programa Aló Presidente, el dictador Hugo Chávez ordenó expropiar varios edificios del entorno de la Plaza Bolívar. La Francia estaba entre ellos. Lo justificó con la intención de recuperar el casco histórico, que nunca logró. Mis abuelas ya habían muerto, pero con aquella expropiación sentí que también desaparecía una parte de mi historia, y de Venezuela. ¡Qué tristeza. Y qué vaina!
Pero hay una coincidencia histórica que hoy me resulta imposible ignorar. Zapatero había viajado a Venezuela en marzo de 2005 y firmado acuerdos de cooperación económica y comercial con Chávez, entre ellos un importante contrato de suministro de buques y aviones españoles por unos 1.300 millones de euros. En julio de 2008, Chávez visitó La Moncloa y acordó con Zapatero impulsar un mecanismo para intercambiar petróleo venezolano por inversiones y tecnología española. En septiembre de 2009, apenas cinco meses antes de la orden de expropiación de La Francia, ambos volvieron a reunirse en Madrid. Después Chávez se murió. Y llegó Maduro. Y ahora Delcy. Pero Zapatero, sigue allí. O Aquí.
Hoy miro las fotos de las joyas de Zapatero y vuelvo a ver a Tatiana comprando y vendiendo oro, a Miroslava soñando con sus joyas de zarina y a aquella niña que recorría con sus abuelas los pasillos de La Francia. Sus piedras azules y sus formas me devuelven a Caracas. Y pienso con rabia en lo que hemos perdido los venezolanos. Y me doy cuenta del verdadero significado la palabra: «¡Exprópiese!».
