De la larga prera entrega de la entrevista me interesa un detalle marginal. Son unas palabras pronunciadas en el almuerzo, entre bocados a un pescado a la plancha. El presidente repite plato, agradecido. Se come bien en palacio. Es uno de esos momentos en los que aflora, desde el fondo abisal, la convicción, como si fuera un globo inflado. Ha rastreado las sas del océano, y ahora viene veloz a la superficie, y estalla como una burbuja: ‘ganará las elecciones el que consiga parecerse más al otro'. Una carrera de mesis, a eso se reduce para Zapatero el voto de marzo. Al principio de la legislatura intentó parecerse a sí mismo. El resultado fue un desastre. Desde las elecciones municipales, intenta ser Rajoy.
Algo silar le ocurría a Zelig. Visitaba al Papa y al salir a la ‘logia' sobre la plaza, vestía hábitos, y se tapaba la cabeza con la tiara pontificia. Si tu naturaleza es indefinida y amorfa, busca algo a lo que itar. Hoy Zapatero intenta pasar un gobernante españolista, amante de la familia, firme ante Eta. Su intento de convencernos de que lo que ha hecho está tan bien como lo contrario es conmovedor. Claro que para conseguirlo tiene que reconocer que ha mentido. Negoció con Eta después de la bomba de la T4. Durante meses se ha atacado desde el poder, se ha insultado, se ha perseguido a quienes han sostenido lo contrario, con pruebas y detalles irrefutables. Y ahora Zapatero reconoce que era verdad.
No tiene fácil la mezquina empresa de parecerse al adversario. Su agen queda fijada en ese largo diálogo. Al terminar la entrevista palpita bajo el disfraz de Zelig el mediocre corazón de quien no encuentra otra salida a su laberinto que cambiar de papel en medio de la función.