Villamanín de la Tercia: un clima frío y un ambiente calentito

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Lo ocurrido en Villamanín de la Tercia no es solo un problema de números, papeletas o décimos mal consignados. Tampoco es únicamente un conflicto económico que amenaza con abrir un agujero de cuatro millones de euros en un pequeño pueblo de montaña leonés. Lo verdaderamente grave —y lo verdaderamente revelador— es que el episodio ha destapado algo mucho más profundo: una coreografía perfecta de picaresca, incompetencia, sospecha y estupidez colectiva, aderezada con una ingenuidad casi suicida.

La comisión de fiestas del pueblo afirma haber vendido diez décimos del número 79.432 sin tenerlos asignados. El resultado es un desajuste colosal que, para algunos afectados, ya no admite eufemismos y empieza a tener nombre propio: estafa. Pero lo que podría haber sido un error administrativo más o menos torpe se ha convertido en un sainete corrosivo, donde cada paso dado para “arreglarlo” ha empeorado el panorama.

El reparto de papeles es tan grotesco como el guion. Un grupo de jóvenes menores de 25 años, dirigidos por tres adultos, intenta capear una situación que claramente les supera. No en recursos, no en poder, sino en algo mucho más elemental: comprensión. Frente a ellos no hay un enemigo externo, ni un sistema injusto, ni una fatalidad imprevisible. Hay algo mucho más implacable: la inteligencia, o más bien, su ausencia.

Para completar el cuadro, entra en escena el alcalde, ofreciendo instalaciones municipales como si el problema fuera logístico y no moral. Como si bastara una sala, unas mesas y buena voluntad para resolver un conflicto que ya huele a juzgado desde lejos. El gesto, bienintencionado o no, tiene algo de tragicómico: la dignidad de un pueblo no se recupera prestando locales cuando lo que está en cuestión es la credibilidad de sus representantes informales.

El viernes pasado, en una reunión cargada de tensión, tres personas se negaron a renunciar a unos 5.000 euros para facilitar que todos cobrasen. Un detalle nada menor si se tiene en cuenta que más de un tercio de los agraciados no acudió por residir fuera —“asturianos”, se dice con un deje que mezcla distancia y excusa— y que cualquier acuerdo informal quedaría en nada con una sola denuncia. Es decir, se negocia como si la realidad jurídica no existiera, como si el derecho fuera una molestia opcional.

Las sospechas no surgen de la nada. Apuntan directamente a los adultos de la comisión, a quienes algunos vecinos acusan de usar a los jóvenes como escudo emocional. Según Antonio, uno de los afectados, la comisión ha sido sorprendida en tres mentiras fundamentales. La primera, casi de manual: nadie sabe dónde están los décimos. Se han mencionado una administración de lotería, un banco y otro distinto, sin que a día de hoy exista una versión definitiva. Cuando el dinero parece moverse sin dejar rastro, la confianza muere rápido.

La segunda mentira es todavía más burda: el dinero que los miembros de la comisión aseguran poder aportar. Una de las figuras visibles, Belén, declaró en televisión el día del sorteo tener cuatro participaciones; días después, en la reunión, afirmó que solo tenía dos. El resto de los implicados dice haber comprado una o dos papeletas como máximo. Una afirmación difícil de creer cuando hablamos de personas encargadas de venderlas. Antonio lo resume con una mezcla de incredulidad y repulsión: nadie se cree que quien reparte papeletas de cinco euros se quede solo una.

La tercera mentira es la más inquietante: el origen del problema. Un talonario vendido pero no consignado, desconocido hasta el día 23. Nadie sabe quién lo encontró, quién avisó de su existencia, ni cuál es su numeración. Se mezcló con otros talonarios y, según Antonio, se repartió posteriormente. Precisamente por eso se ocultan los datos que permitirían rastrear su destino. La sospecha es clara: que esas papeletas hayan acabado en el círculo más cercano de la comisión o de sus familiares.

La solución propuesta es simple y devastadora: identificar el talonario y acudir a un notario para entregar las papeletas una a una. La verdad, cuando se somete a luz suficiente, suele resultar muy poco creativa. “No habrá nadie de Asturias ni de Málaga”, augura Antonio. “Será un círculo muy reducido”.

A esto se suman rumores persistentes: que Belén ya ha cobrado un décimo original, que Pope habría cobrado dos. Verdadero o no, el daño está hecho. Villamanín hierve de sospechas, y el paisaje que emerge es desolador: ruindad, mezquindad, emociones bajas conviviendo con una fraternidad mal entendida, la de los idiotas que se protegen entre sí.

Y es aquí donde el caso trasciende lo local. Porque la inteligencia no garantiza la bondad, pero la estupidez sí garantiza el desastre. El fraude puede ser calculado, frío, incluso minoritario. La estupidez, en cambio, es expansiva, ruidosa y contagiosa. No necesita mala intención: le basta con no pensar. En Villamanín no solo ha fallado la ética; ha fallado algo más básico todavía. Y cuando eso ocurre, no hay sorteo que lo arregle.

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