… Se detuvieron frente a una taquilla. K introdujo una llave diminuta, giró, y al abrir la puerta ocurrió lo imposible: del interior, en lugar de maletas, emergió un grupo compacto de prostitutas ucranianas que habían abandonado Dubai. Cantaban en coro, una melodía entre litúrgica y cabaretera, y adoraban a los agentes como si fueran dioses tutelares descendidos para rescatarlas del mercado global de la carne y la divisa.
Cada noche, cuando la casa quedaba en silencio y el último eco de una ventosidad flotaba con dignidad trágica por el dormitorio conyugal, Lisa Simpson extendía la mano hacia su mesilla. A su lado, Homer yacía derrotado por la gravedad y la cerveza, roncando con la convicción de quien cree haber cumplido su misión en el universo: comer, beber y dormir. Era una escena habitual en Los Simpsons, salvo que aquella noche la rutina decidió suicidarse.
Sobre la mesilla había una cúpula de pequeñas estrellas: una miniatura que descansaba sobre una peana de madera en la que una pequeña placa metálica advertía: “Souvenir from the Holy Land”, y que encerraba el Muro de las Lamentaciones y un cielo perpetuamente estrellado que Lisa agitaba como quien reordena el destino. Era su pequeño cosmos portátil. Lo miraba cada noche, como otras miran constelaciones o consultan horóscopos. Pero esa vez la cúpula se iluminó desde dentro, con una luz azul, como si un dios hubiera encendido el flexo para revisar su propia obra.
En menos de un segundo —un segundo que contuvo milenios— la historia de la civilización se desplegó dentro del cristal. Primero la prehistoria: un homínido descubriendo el fuego y apagándolo de inmediato por miedo a la factura de Unión Fenosa. Luego imperios que se levantaban con discursos solemnes y caían por errores tipográficos. Filósofos bigotudos que proclamaban la muerte de Dios antes de que Dios hubiese firmado el contrato de existencia. En esa versión acelerada de la historia hubo acontecimientos que jamás se contaron: un concilio secreto en el que los dioses votaron por mayoría simple delegar el sentido de la vida en influencers; una Edad Media donde las cruzadas se resolvieron con debates televisados patrocinados por marcas de incienso vegano.
La cúpula avanzó hasta la modernidad. La fe comenzó a disiparse como la niebla del Manzanares. No fue una explosión, sino una erosión lenta: primero se cuestionó la trascendencia, luego la moral, después la idea misma de que hubiera algo más allá del brunch del domingo. El nihilismo no entró a patadas; entró con descuento y sin gastos de envío.
Y entonces apareció el bombardeo.
En la cúpula, sobre la ciudad de Teherán, un colegio de niñas fue alcanzado. 168 víctimas. Pero lo que reventaron no fueron cuerpos, muros ni pupitres. Lo que se desintegró fue la última reserva simbólica de fe que resistía al cinismo global. Irán, en esa versión microscópica del mundo, era el único territorio donde el nihilismo no había pasado la apisonadora sobre la trascendencia. Allí todavía había una narrativa vertical, una convicción de que la vida apuntaba hacia algo más alto que el saldo bancario. El bombardeo fue metafísico: arrasó la idea de que existiera un propósito inviolable. Las niñas no gritaban; recitaban preguntas sin respuesta.
Lisa observaba, inmóvil. Las estrellas seguían cayendo dentro del cristal como si nada.
De pronto, la escena cambió con un corte brusco, cinematográfico. En la estación central de Nueva York, entre turistas desorientados y ejecutivos con prisa, aparecieron el Agente J y el Agente K, recién salidos de ‘Men in Black’, con sus trajes impecables y esa expresión ―que solo tienen los agentes del Mossad― de quien ya ha visto demasiados finales del mundo como para sorprenderse.
Caminaban con calma. K llevaba bajo el brazo una cartera de cuero negro. En su interior, perfectamente ordenados, estaban los documentos de Jeffrey Epstein, como si la conspiración global fuera apenas un expediente administrativo pendiente de archivo.
Se detuvieron frente a una taquilla. K introdujo una llave diminuta, giró, y al abrir la puerta ocurrió lo imposible: del interior, en lugar de maletas, emergió un grupo compacto de prostitutas ucranianas que habían abandonado Dubai. Cantaban en coro, una melodía entre litúrgica y cabaretera, y adoraban a los agentes como si fueran dioses tutelares, descendidos para rescatarlas del mercado global de la carne y la divisa.
Las mujeres levantaban los brazos hacia ellos con una devoción que ya no encontraba objeto en el cielo. J sonrió incómodo. K ajustó sus gafas.
—Dios ha muerto— dijo alguien, quizá el altavoz de la estación, quizá el propio narrador cansado. El sonido no fue un lamento, sino una constatación administrativa. Entonces las ucranianas se convirtieron en repugnantes extraterrestres.
En la cúpula, la fe ya no colapsaba con estruendo; se evaporaba con eficiencia burocrática. Lo trascendente había sido reemplazado por contratos, algoritmos y expedientes clasificados.
Lisa sintió un escalofrío. Dentro del cristal, la historia avanzó hasta su última imagen.
Las estrellas dejaron de caer.
Apareció la Capilla Sixtina. El fresco del techo ocupó todo el espacio interior. El famoso “digitus paternae dexterae” ya no se aproximaba con ternura eléctrica a la mano de Adán. Esta vez, el dedo de Dios se desviaba apenas unos centímetros hacia la derecha. Allí, suspendido en el vacío pictórico, flotaba un botón rojo.
No era una metáfora sutil.
El dedo estaba a punto de pulsarlo.
No había ira en el gesto, ni compasión. Solo una decisión técnica.
Lisa soltó la cúpula. Esta cayó sobre la mesilla sin romperse. Homer se dio la vuelta y soltó un pedo descomunal que sonó como una trompeta apocalíptica.
Un hongo de dimensiones infinitas se elevó desde Springfield hasta Marte…
José Antonio RULFO
pedro aparicio dice: “Si tuviese que definir el escrito diría: Su puta madre que, locura de relato. Y, luego me iría a estudiar a la Residencia de Estudiantes con Dalí y Alberti… La Mar el Mar, el hogar del Calamar…
