No se trata solo de una jerarquía simbólica. Según su testimonio, el engranaje funcionaba mediante la recaudación de dinero en efectivo procedente de empresas adjudicatarias de obra pública. Ese dinero, siempre en metálico, circulaba a través de canales informales hasta convertirse, presuntamente, en financiación irregular del PSOE. “No te preocupes, yo repartiré”, le habría dicho Koldo García, asumiendo un papel que evoca al clásico consigliere mafioso, pero sin la sofisticación ni el código de honor que tradicionalmente se atribuye a esas organizaciones.
Y ahí está uno de los puntos más inquietantes de la comparación. La mafia, al menos en su construcción cultural y en ciertos episodios históricos, opera bajo reglas internas estrictas: lealtad, silencio, jerarquía clara y una cierta lógica de protección mutua. Aquí, en cambio, lo que describe Aldama es un sistema más rudimentario, casi tosco, donde la desconfianza es constante y así lo ha subrayado: “no podían pasar meses sin dar nada porque el jefe empezaba a desconfiar”, y donde el flujo de dinero parece obedecer más a la urgencia que a una estrategia.
El relato añade elementos que rozan lo grotesco. Afirma haber llevado mochilas con 250.000 euros al Ministerio de Trabajo, haber pagado el tratamiento de fertilidad a la querida de Koldo y, todo ello, dentro de una dinámica presentada como habitual. Más aún, sostiene que preguntó expresamente si “en Moncloa lo sabían”, y que la respuesta que obtuvo era que el presidente “lo tenía claro y lo sabía todo”. Esa afirmación, de enorme gravedad, no está corroborada judicialmente, pero introduce una lógica sospecha que va más allá de lo penal para instalarse en el terreno de la confianza institucional.
Y como si de la Cosa Nostra se tratara, habla del tono coloquial con el que Koldo García trataba al presidente. Frases como “te voy a arrancar la cabeza” dibujan una cercanía impropia de las formas que se presuponen en las altas esferas del Estado. De nuevo, la comparación con las organizaciones criminales resulta inevitable: allí, la violencia verbal o simbólica está codificada; aquí, en esta organización chapucera, parece desordenada, incluso improvisada y chabacana.
Mientras tanto, en el plano público, el Gobierno por medio de Iván Redondo, proyectaba una imagen de pulcritud y ambición reformista, con discursos cuidadosamente elaborados y una comunicación política de alto copete. Ese contraste entre la retórica oficial y la supuesta trastienda que describe Aldama es lo que otorga al caso su dimensión más corrosiva.
Conviene subrayar que estamos ante declaraciones que deberán ser contrastadas en sede judicial. Pero incluso en ese estadio preliminar, el retrato que emerge es el de una estructura que, lejos de cualquier épica mafiosa, se asemeja más a una red de intereses inmediatos, sin códigos, sin límites claros y con una alarmante banalización del poder.
Si la mafia cantaba ópera con disciplina, aquí el conseguidor ha cantado La Traviata sin partitura y en una versión desafinada, donde lo trágico no resulta de la caída de un personaje, sino del deterioro de las instituciones que le dieron la espalda a su obligación de haberlo sostenido todo.
José Antonio RULFO
