LA NADA Y EL NADAÍSMO DEL TUCÁN

La nada, decía Sartre, no es un agujero en la realidad. No es un vacío cósmico como el interior de una nevera a las cuatro de la mañana. La nada aparece cuando algo que estaba deja de estar, cuando lo evidente se rompe como una taza mal fregada.

La nada es, básicamente, cuando el mundo pierde el sentido… y nadie sabe quién tiene el manual.

En la costa del Pacífico de Costa Rica, esa mañana, la realidad había perdido el manual por completo.

En mitad de la playa yacía el cadáver de un mamut.

Un mamut gigantesco, prehistórico, grisáceo y absolutamente fuera de contexto histórico, geológico y narrativo. Las olas le daban en los tobillos con la misma expresión resignada que tendría un funcionario sellando papeles en agosto.

El animal llevaba allí días.

O siglos.

O desde la última cumbre internacional, nadie estaba seguro.

Sobre una palmera cercana colgaba una familia de perezosos: los ministros del gabinete. Se balanceaban lentamente, como si el tiempo fuese una sustancia espesa que alguien hubiese olvidado agitar.

Tenían pupilas del tamaño de dos monedas.

La razón estaba caminando por la playa.

Tac.

Tac.

Tac.

El sonido de unos tacones de Gucci rompiendo la arena húmeda.

Era el tucán.

Una hembra de tucán enorme, de pico desproporcionado, mirada intensa de líder espiritual y una seguridad ideológica que sólo poseen los gurús, los entrenadores motivacionales y ciertas tertulias políticas de madrugada.

El tucán se detuvo frente a los perezosos.

Los perezosos lo miraban con la misma atención que una tostadora escucha un podcast..

Horas antes el tucán había organizado un retiro espiritual.

Según el programa oficial, se trataba de una “jornada de deconstrucción ontológica del poder”.

En la práctica había sido una olla enorme de ayahuasca.

Muy cargada.

Muchísimo.

Uno de ellos señaló el mamut.

El tucán caminó hacia el cadáver con gesto ceremonial.

Tac.

Tac.

Tac.

Los tacones de Gucci brillaban bajo el sol tropical con una autoridad casi metafísica.

Los perezosos guardaron silencio.

Uno de ellos intentó aplaudir pero se quedó a mitad del gesto durante unos veinte segundos.

El viento sopló suavemente.

Un cangrejo pasó caminando de lado como si no quisiera involucrarse en la conversación.

El tucán levantó una ala.

Los perezosos contemplaron el mamut.

El perezoso reflexionó profundamente.

Tardó aproximadamente tres minutos.

En ese momento uno de los perezosos empezó a reír.

Primero lentamente.

Luego mucho.

El tucán asentía con gravedad mística.

Señaló el cadáver.

Los perezosos lo miraron.

Uno de ellos habló con voz profunda.

El tucán dio otro paso.

Tac.

Tac.

Tac.

Uno de los perezosos levantó una garra.

El tucán suspiró con paciencia existencialista.

Los perezosos se quedaron pensando.

Uno de ellos empezó a ver gráficos económicos flotando en el aire.

Otro estaba convencido de que la palmera era un comité de expertos.

El más pequeño del grupo miró al tucán.

El tucán levantó el pico hacia el sol.

Los tacones de Gucci brillaron como dos faros ideológicos.

Los perezosos asintieron con admiración alucinada.

Uno de ellos dijo:

Otro añadió:

El viento sopló otra vez.

Las olas seguían golpeando la playa.

El mamut permanecía allí, enorme, absurdo, geopolítico y completamente muerto.

Y en aquella playa surrealista, bajo el sol tropical, entre ayahuasca ministerial, filosofía existencialista y un tucán con tacones de Gucci dirigiendo una asamblea psicodélica mientras, obligada por las circunstancias y los intereses de los perezosos, oficia su última ceremonia… no se presentará a la reelección.

La nada de Sartre aparecía de la forma más clara posible:

cuando todo el mundo miraba el mamut…

y aún así actuaba como si aquello fuese perfectamente normal.

José Antonio RULFO.

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