En la declaración de Koldo García ante el Tribunal Supremo, donde se supone que la verdad aparente debe entrar convenientemente aliñada, apareció el exasesor con el aspecto de ser un sintecho, más cercano a vivir debajo de un puente de la M30 que a la de ser un miembro de una organización criminal, implicada en una trama de corrupción política. Y, sin embargo, fue él quien, sin rodeos, puso cifras y textura al asunto: las “chistorras” no eran metáforas culinarias, sino como cabía esperar, billetes de 500 euros.
El exportero de puticlub no sólo confirmó su existencia, sino que desmontó con una tranquilidad pasmosa la versión ofrecida por el exgerente del PSOE Mariano Moreno, quien la semana pasada había defendido que en la caja del partido jamás circularon billetes de alto valor. Una caja, según Moreno, alimentada por transferencias bancarias pulcras, sin rastro de esos incómodos billetes morados que tantas sospechas levantan en su circulación.
Pero la realidad, como suele ocurrir, es menos elegante. Koldo relató que recibía efectivo en Ferraz como reintegro de gastos anticipados. Incluso exhibió una hoja de liquidación que contradice las declaraciones de Moreno donde, con una sencillez casi infantil, se leía: “500 + 500 = 1000”. Un documento que pesa más que cualquier declaración institucional.
El interrogatorio dejó perlas difíciles de ignorar: “¿Recibió billetes de 500?” —“Algunos sí”. Y con ese “algunos”, se desmorona la arquitectura defensiva del partido. Porque mientras el PSOE certifica la inexistencia de esos billetes, su antiguo engranaje humano los recuerda con la precisión táctil de quien los echa de menos. ¡Ay, qué lástima!
Por si fuera poco, Koldo amplió el catálogo de procedencias: Guardia Civil —que le entregó durante las décadas en las que actuó como agente encubierto y supuestamente procedente de fondos reservados, billetes para cambiarlos como si Koldo fuera el jefe de unos billares de la década de los setenta— y turistas europeos en Benidorm, alemanes e ingleses, que pagaban sus vacaciones en los apartamentos de Koldo con la misma divisa sospechosa. Un ecosistema financiero tan pintoresco como difícil de encajar en un relato que parece proceder de un adolescente más que de un caporrégime.
El resultado es una descoordinación chapucera entre las defensas: por un lado, la negación institucional; por otro, la confesión pragmática. Y en medio, Koldo, con su estética de mangarrán y su memoria sorprendentemente precisa para algunas cosas, convirtiéndose en el testigo incómodo que debe soñar con un indulto y al que nadie parece haber preparado para coincidir con el guión.
Porque cuando las versiones no encajan, lo que chirría no es el detalle: es todo el mecanismo. ¡Menudos inútiles! ¡Manda huevos!
José Antonio RULFO.
