Mientras dure la juerga seremos infinitos.
Así vivimos: como si la noche no tuviera mañana y el mañana no pasara factura. Nos movemos con la seguridad del que cree que la música no va a parar nunca, que el cuerpo no envejece y que la vida es una barra libre, donde siempre queda algo por servir.
Y, sin embargo, todo caduca.
No estamos locos. Ojalá lo estuviéramos. La locura, al menos, tiene la decencia de romper con la realidad. Lo nuestro es más inquietante: hemos aprendido a convivir con lo absurdo hasta hacerlo con rango de ley. Hemos domesticado el sinsentido y asumido como realidad.
Vivimos en un suelo que es el techo de otros, pero caminamos como si fuéramos los únicos habitantes del edificio, hoy zoo, mañana taxidermia. Miramos hacia arriba para aspirar y hacia abajo sólo cuando caemos, nos convierte en pisabaches de las calles recién reparadas por el ayuntamiento de turno. La perspectiva ya no es una herramienta: es un estorbo. Pensar demasiado incomoda, así que lo reducimos todo a lo inmediato, a lo visible, a lo que se puede mostrar. Porque al final las redes se unen a los sueños y crean un Brumario que se confunde con una revolución de los sin mente.
La comida dejó de ser alimento hace tiempo: ahora mantiene estatus. No se trata de nutrirse, sino de pertenecer. Comer es decir quién eres sin tener que explicarlo. Y así con todo: vestir, viajar, opinar. Todo es escaparate. Todo es superficie. Nada vale como realidad porque todo cambia con solo mirar. Eso sí, cambiamos de piel como serpientes, pero no por evolución, sino por miedo a quedarnos desnudos ante nuestra propia existencia y realidad. Mudamos de ideas, de valores, de discurso, con una facilidad que ya no sorprende. La coherencia ha pasado de virtud a carga. Lo importante es no quedarse atrás, aunque no sepamos muy bien hacia dónde vamos, ni que significa quedarse atrás.
Romper el hielo ya no es un gesto social, es casi un cortocircuito. Nos cuesta conectar sin filtros, sin pantallas, sin guiones. La espontaneidad se ha vuelto incómoda. Preferimos la versión editada de nosotros mismos: más limpia, más correcta, más aceptable. Más falsa, también. Es una mentira que pasa por destrozarse la cara con una ‘radial’ porque mejora la llegada del sol a nuestra piel…
Y en medio de todo esto, seguimos preguntándonos si el mundo está loco.
No. El mundo no está loco. El mundo está cansado de fingir que entiende lo que ya nadie se molesta en explicar. Nos hemos acostumbrado demasiado, a los incumplimientos, a las contradicciones, a las medias verdades, a las estafas pequeñas que se repiten tanto que acaban pareciendo normales.
La verdadera anomalía sería parar. Dejar de correr. Mirar alrededor y admitir que algo no encaja. Pero eso sí que daría miedo. Porque mientras dure la juerga, seguimos siendo infinitos.
Reconocer el final de la fiesta nunca ha sido popular.
pedro de aparicio y pérez de Lucentis….
