Sánchez ha vuelto a sacar el conejo de la chistera: ha convertido un problema estructural en una virtud moral. Y muy seguramente en una gran ventaja electoral. La regularización masiva de inmigrantes en situación irregular, la concesión de la nacionalidad exprés para los hispanoamericanos y los derechos políticos ampliados, con un contento que ni un niño con zapatos nuevos.
Todo muy humano, muy progresista y muy solidario.
Esto, en un escenario en el que 400.000 españoles se marchan cada año. No se van en patera ni con banda sonora lacrimógena, sino que se piran con máster, idiomas y experiencia laboral. De ellos, unos 200.000 con estudios superiores, formados aquí, pagados aquí y amortizados fuera. Exportamos talento e importamos censo.
El relato oficial insiste en que esto es diversidad, reparación histórica y democracia inclusiva. La realidad es más simple y menos poética: el censo electoral no se rellena solo, y menos en un país donde el votante tradicional envejece, la abstención crece y una parte importante del censo emigra. Así que no hay otra opción para sus intereses que ampliar la base. No es una cuestión ideológica, es aritmética electoral, envuelta en el celofán del regalo moral.
La rapidez en el acceso a la nacionalidad para ciudadanos hispanoamericanos se presenta como un acto de hermandad cultural. Compartimos lengua, historia y papeleta. Lo que ya no se comparte con el mismo entusiasmo es el debate sobre el impacto laboral, la presión sobre la vivienda y la sostenibilidad de los servicios públicos. Esos temas estropearían el eslogan.
A ello hay que sumar la reagrupación familiar, un multiplicador demográfico que convierte cada regularización individual en una pequeña saga. No se trata de hacer una crítica ética, es simplemente un hecho administrativo, algo que no aparece nunca en los discursos emocionados. El censo crece y el gasto también, pero la diferencia es que el primero vota.
Y aquí es donde ha aparecido Irene Montero, la marquesa de Galapagar, que ha tenido el gesto aristocrático de argumentar a voz en cuello, casi esquizofrénica, que la inmigración debe ser una herramienta de transformación electoral. Desde luego, con una transparencia brutal, suficiente como para haber roto la porcelana del discurso buenista.
Es en ese punto donde muchos críticos encajamos sus palabras dentro del Plan Kalergi, no como un programa secreto con membrete y sello, sino como la visión masónica e ideológica que defiende la descomposición de las naciones tradicionales mediante una recomposición demográfica, cultural y política. Una Europa nueva, líquida, administrada y dócil por incorporar etnias de demostrada sumisión.
No es que la histérica Montero cite manuales ni proclame doctrinas decimonónicas, faltaría más. Es que su discurso encaja como anillo al dedo en esa idea del reemplazo, con una población con menos arraigo histórico y más agradecimiento político.
Como toda política pública, ésta tiene ganadores claros. Los grandes empresarios, felices con una reserva permanente de mano de obra barata; las ONGs, convirtiendo la gestión migratoria en industria; las otras mafias, entendiendo mejor que nadie los incentivos; y la Iglesia, esperando rellenar el aforo con los nuevos clientes y predicando el mestizaje desde el púlpito, mientras otros pagan alquileres imposibles y esperan meses una cita médica.
Pero no pasa nada porque, quien señale todo esto, será acusado de insensibilidad. El chantaje moral es más eficaz que cualquier análisis económico.
En el trasfondo aparece inevitablemente Richard von Coudenhove-Kalergi, pensador paneuropeísta del siglo XX, primer premio Carlomagno, elevado hoy a tótem intelectual de una Europa postnacional. Conviene no caer en el fetichismo histórico, pero sí reconocer una tendencia: la sustitución del consenso cultural por la gestión tecnocrática, siempre decidida lejos y explicada tarde.
España, alumna obediente, ejecuta estas políticas sin debate social. El resultado no es cohesión, sino fragmentación administrada, con una política cada vez más dependiente de la ingeniería demográfica.
No estamos ante una conspiración con capa y capucha, pero tampoco ante una casualidad.
Estamos ante una estrategia política racional, envuelta en un discurso sentimental que desactiva cualquier crítica. Quien pregunta es cruel. Quien duda, sospechoso. Quien calcula, inhumano.
Y así, mientras unos hacen las maletas y otros reciben papeletas, el país cambia sin haberlo votado. El gran milagro no es la diversidad: es lograr que nadie discuta quién gana, quién pierde y quién paga la factura. Pero tranquilos porque todo es por el bien común, como siempre.
José Antonio Rulfo.
