MOCITA CAHIPURRIANA O EL CERO DE PODEMOS

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“Arriba cachipurriana,
que se te seca el tomate,
tiralo por la ventana,
si se mata que se mate.”

Hay derrotas electorales y luego están los batacazos con sonido de jota, esos que, estruendosos, retumban en las escaleras del partido como una vajilla cayendo por la ventana. Lo de los 18 en Aragón ha sido de esos. Y en el centro del escenario, con traje institucional y sonrisa de manual, la mocita cachipurriana: ‘Pili la de La Zaida’.

La historia de Pili no empieza en los despachos alfombrados, ni en los pasillos del poder. Empieza entre cajas de fruta, manos frías al amanecer y jornal contado en monedas.

Recogedora en un pueblo de 400 habitantes, cuando el mérito se medía en kilos y no en titulares. Después sexadora de pollos -oficio que exige ojo clínico y paciencia franciscana- y camarera los fines de semana, equilibrando bandejas y propinas mientras otros debatían sobre teorías políticas en cafeterías universitarias.

Luego estudió Magisterio. Aula, tizas, oposiciones y la convicción de que la educación era la palanca para ascender sin pedir permiso. Se afilió a la Unión General de Trabajadores, aprendió el catecismo sindical, el arte del comunicado y el valor estratégico de una pancarta bien colocada, mientras debió hincharse a comer gambas. Y de ahí, como quien enlaza estaciones sin perder el tren, fue escalando: concejalías, cargos orgánicos, confianza de aparato.

Hasta que un día se sentó en el Consejo de Ministros, como titular de Educación y más tarde portavoz del Gobierno de España. La mocita modesta convertida en voz oficial del país. El relato era irresistible: meritocracia rural, ascenso social, disciplina partidista. Una biografía que cabía en un eslogan.

Pero la política es menos cuento de hadas y más feria de tiro al blanco. Hoy la candidata a la presidencia de su comunidad autónoma ha probado la puntería del electorado aragonés. Porque Aragón -ese territorio que algunos llaman el “Ohio español” por su capacidad de anticipar tendencias nacionales- no vota por simpatía biográfica, sino por cálculo, hartazgo o intuición de cambio.

El resultado no es solo un revés personal. Es un síntoma. La mocita cachipurriana fue enviada a casa como apuesta estratégica: rostro joven, disciplinado, con pedigrí ministerial y narrativa de superación. La operación parecía sencilla: aterrizaje controlado, campaña bien engrasada, y la marca nacional respaldando desde la retaguardia. Pero el tablero aragonés no es una sucursal de Moncloa.

En campaña, Pili jugó a la proximidad: mercados, pueblos, abrazos, fotografías con agricultores que recuerdan demasiado bien cuánto cuesta llenar una caja de fruta. Ella tenía buenas sensaciones, sin embargo, la mochila ministerial pesa. Cada decisión impopular, cada ley discutida, cada rueda de prensa convertida en meme, viaja contigo aunque cambies de escenario. La política nacional se filtra por las grietas del discurso autonómico.
Y aquí entra la metáfora incómoda. Para Pedro Sánchez, la derrota de su candidata no es un simple tropiezo regional. Es un aviso. Cuando el experimento de laboratorio falla en el territorio que se supone termómetro electoral, el mensaje trasciende. Aragón no es solo una comunidad: es un espejo. Y hoy el espejo ha devuelto una imagen poco favorecedora.

Pilar representa una generación de cuadros que han vivido siempre dentro de la estructura: partido, sindicato, administración. Competentes en el argumentario, sólidos en la disciplina, pero a veces desconectados del murmullo subterráneo de la calle. El votante no castiga la biografía humilde -al contrario, la aplaude-; castiga la sensación de distancia, la percepción de que el relato no encaja con la realidad cotidiana.

La mocita cachipurriana es hija de Adoración y Alfredo, y esa mención constante a los padres no es casual: evoca raíces, pueblo, autenticidad. Pero la política moderna es cruel con las metáforas familiares. No basta con invocar la huerta, si el tomate se seca en la cocina del votante.

El batacazo, además, tiene un componente simbólico. Porque cuando una portavoz gubernamental -acostumbrada a explicar el mundo desde el atril- se enfrenta a la aritmética electoral, descubre que los titulares no votan. Votan las percepciones. Y en Aragón la percepción ha sido que el ciclo se agota o, al menos, se resquebraja.

No es el fin de su carrera; la política española ha demostrado que las resurrecciones son frecuentes. Pero sí es un golpe que obliga a replantear estrategias. La mocita cachipurriana, que supo distinguir pollitos con precisión quirúrgica, tendrá ahora que distinguir entre lealtad orgánica y sintonía social. No siempre coinciden.

Quizá el problema no sea Pilar. Quizá sea el momento. O el desgaste acumulado. O la fatiga de una narrativa que ya no seduce como antes. En cualquier caso, el eco del resultado en Aragón viaja más allá del Ebro y llega hasta los pasillos donde se toman decisiones de mayor alcance.

La política, como la jota, tiene ritmo. Si te adelantas, tropiezas. Si te retrasas, desafinas. Y hoy, en la plaza aragonesa, el compás no acompañó a la mocita.

“Mocita cahipurriana,
asomate a la ventana,
saca medio cuerpo fuera,
después saca el otro medio,
y verás que hostia te pegas”

PD: Podemos Cero.

José Antonio Rulfo.

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