Hay frases que envejecen mal. Y luego está esa estampa casi bíblica en la que Chiqui Benegas se refería a Felipe González como “Dios”. En el PSOE de los ochenta, Isidoro no era solo un líder: era una categoría metafísica. La política tenía algo de liturgia y el partido funcionaba como iglesia laica. Por eso suena tan extraño -o quizá tan coherente con los tiempos- escuchar ahora a Patxi López despacharlo con un melancólico “hace mucho que dejó de ser referencia para los socialistas”, aderezado con esa ironía un poco garrula: “y que dios ataque al puto amo me parece que no hay por donde cogerlo”.
Traducción simultánea: el padre fundador ya no marca doctrina, y si se sale del catecismo oficial, peor para él. El portavoz socialista en el Congreso ha decidido romper públicamente con el viejo tótem. Lo hace con gesto compungido -dice que le da pena-, pero lo hace. Y no es un gesto menor. Porque Patxi no es un verso suelto; es un hombre de partido. Siempre lo fue.
Hijo de Lalo, ajustador en los astilleros de La Naval en Sestao, criado en una casa donde desfilaron Isidoro, Alfonso Guerra o Nicolás Redondo como quien recibe a primos ilustres en Navidad, López mamó la refundación setentera del PSOE, esa que se cocinó entre congresos en el exilio y las bendiciones de los Rockefeller. Vio la mística, la disciplina, el relato. Y la asumió como propia. Cuando ETA asesinaba a compañeros socialistas, él cargó féretros al hombro con entereza de militante convencido. Más tarde, pactó con la izquierda ‘abertzale’ en nombre de la paz. Coherencia, pragmatismo o simple instinto de supervivencia política: cada cual elige su etiqueta. Pero siempre bajo una misma premisa: el partido por encima de todo.
Por eso resulta casi enternecedor verlo ahora ejercer de guardián de la ortodoxia sanchista frente a las críticas de Felipe González, que tras los batacazos electorales en Extremadura y Aragón habló de ausencia total de autocrítica y anunció que votará en blanco en las próximas generales. El viejo ‘Isidoro’ convertido en hereje. El padre fundador fue acusado, en la práctica, de deslealtad. Y el discípulo recordando que la fe no se discute en público.
Pero si la ruptura con González simboliza el corte con el pasado, la escena más reveladora vino después. En pleno debate ferroviario en el Congreso, con la tragedia de Adamuz flotando en el ambiente, Patxi decidió cerrar su intervención citando a Bad Bunny: “The only thing more powerful than hate is love”. Lo dijo con la solemnidad de quien cree estar lanzando un dardo generacional. Como si el hemiciclo fuera un escenario de la Super Bowl y el portavoz socialista el maestro de ceremonias del halftime show.
Bad Bunny, convertido en referente cultural desde la tribuna parlamentaria. El reguetón como argumento político. La tinta de calamar emocional desplegada para esquivar explicaciones incómodas. Si Felipe era “Dios”, el nuevo canon parece escribirse en clave de playlist.
La jugada tiene su lógica estratégica: el PSOE sabe que la juventud le da la espalda y busca imanes de aproximación, desde cualquier altavoz institucional. Si el lenguaje tradicional no conecta, se adopta el de la incultura musical. Si el relato épico de la Transición ya no emociona, se tira de eslóganes virales. Política líquida para tiempos liquidados.
El problema es que el resultado es bochornoso, profundamente ‘hortera’.
Porque no hay nada más forzado que un político intentando ser “guay” a destiempo. El exlehendakari de la paz -título que siempre sonó a película de sobremesa- apelando a un cantamañanas global para cerrar un debate técnico sobre infraestructuras ferroviarias y muerte tiene algo de performance involuntaria. No es tanto que cite al ‘hortera’ puertorriqueño; es que lo hace como quien cree haber descubierto la piedra filosofal de la comunicación contemporánea. ¡Menudo patán!
Y entre reguetón y reguetón, la autocrítica sigue en cuarentena. Los resultados adversos se explican por factores externos, por ciclos, por el clima, por Mercurio retrógrado si hace falta. Pero no por errores propios. González, con todos sus claroscuros, al menos verbaliza la incomodidad. Patxi, en cambio, ejerce de lamemedias del jefe y de mamporrero del relato oficial, aunque para ello tenga que enterrar simbólicamente a quien fue “Dios” para sus padres.
Quizá ahí reside la clave: Patxi López no es un revolucionario cultural ni un iconoclasta. Es, ante todo, una chica de servicio -señorito. ¡Ay, otra Gracita!-. Si ayer el referente era Isidoro, se defendía a Isidoro. Si hoy el referente es la línea marcada por Ferraz y el envoltorio emocional de la cultura pop, se defiende eso. Con la misma disciplina con la que cargó féretros o levantó pactos indecentes.
La política española siempre ha tenido algo de tragicomedia, y esta escena no desentona.
Un histórico socialista declarando su orfandad ideológica. Un portavoz oficial despidiéndose de su antiguo referente con una mezcla de pena y sarcasmo. Y, de fondo, la banda sonora de un reguetonero elevado a cita parlamentaria para hablar de amor frente al odio, para levantar la iglesia evangélica socialista de la ignorancia.
Tal vez el problema no sea que Bad Bunny entre en el Congreso, sino que lo haga como cortina de humo. No es la cultura popular lo que chirría, sino su instrumentalización apresurada. Cuando la estética sustituye al argumento y el eslogan reemplaza a la explicación, el debate se empobrece, y lo único que seguirá enriqueciéndose serán los bolsillos socialistas.
Al final, la escena resume una transición más profunda: del PSOE de la épica industrial y la liturgia interna al PSOE del impacto viral y la frase compartible. De “Dios” a “The only thing more powerful than hate is love”. Entre una y otra cita cabe toda una época. Y quizá también la distancia creciente entre la política y una ciudadanía que, por hortera o por escéptica, sigue mirando desde fuera. ¡Qué pena de hombre, qué pena!
Como remate del descaro, el Presidente cita y señala desde la tribuna de oradores a Iker Jiménez. Un beso desde nuestro PR.
José Antonio Rulfo.
