Una de las armas del columnista es la ironía. El lector se suele defender de este juego de esgra con el escudo de la indignación. El sobresalto está de moda. Al que se sitúa en el machito le pueden caer tortas de la noche a la mañana. Es justo y necesario, que dice la oración. Pero si a un lector le viene el pronto y se siente herido y parte de algunos de los “colectivos” aludidos, ¡ojo!, un respeto. A este paso vamos a terminar con la ironía, y yo que la he sufrido, a veces de trazo grueso y calibre invasivo, les digo que sería una gran pérdida. Somos un país de camisas abiertas de par en par, botones arrancados, pechos más bien fláccidos, menos los de la Martín Berrocal. Nos gusta la ofensa sentirnos víctas un rato. Somos un país infantil, y a veces con tendencia a lo musulmán.
Escribe un lector desde no sé dónde, alborotado la mención de las boinas, y casi llama a la sublevación y el boicot a los que todavía llevan esa prenda atávica, tan práctica. Grandes cabezas de la literatura nacional han paseado sus boinas el mundo. La llevaba Guillén, un poco ladeada, como ampliando la frente con un tupé de felpa negra. La llevaba también Pla, al que los nacionalistas nunca han perdonado que la paseara Italia, Alemania o Francia, y que no hiciera de esa gorra una bandera como mandan los padres de la patria. Pla se la ponía como si le hubiera caído en la cabeza un cuervo celestial, un pájaro muerto. Se la calzaba con el estilo de los paletos, un poco joder, y luego se reía con el hígado partido de ironía. ¡Qué gran tipo, y que grandíso escritor!
Mi padre lleva boina y lee todas las mañanas el PR desde un club de jubilados donde vive la juventud de Intet. Tiene 83 años y ha llegado a tiempo de ver en el mundo la gran revolución, la de verdad. Vivió la guerra con el temblor de un niño que descubría la muerte administrada con criterio genital después de una república en la que prometieron la llegada del hombre nuevo. Ahora tiene esa fortuna renacentista de palpar el segundo gran cambio universal. El prero fue la prenta. Antes de salir de casa, cada mañana, mi padre se calza una boina que protege su calva benemérita de las mordidas del frío de Pamplona, de ese cierzo que es como un yonqui con mono de crack.
Mi admiración la boina me ha llevado a preguntar muchas veces a mi padre, como el niño que pregunta, mirando hacia otro lado, las cosas secretas y prohibidas. Le he pedido que me diga qué siente cuando se planta lo que algún amigo suyo llama la chapela. He querido saber si es como ponerse el alma las mañanas, si siente que viste una identidad recién planchada. Me da vergüenza preguntarle estas cosas, y sólo lo hago en la intidad de un Celtas, que es lo que fuma el hombre. Me ha mirado como cuando era un rapaz. Ha levantado las cejas, y me ha dicho: “¿Para esto te he mandado a la universidad?”
Ayer, a la hora del telediario, y después de la prera noticia, me llamó mi padre, y me dijo que ahora entiende mis preguntas.
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