Conocí un cretino que solía utilizar las frases célebres que se han pronunciado en la historia en sentido contrario. Creía así que la inversión del concepto le otorgaba una excelencia contraria al sentido común, que es como hablar de los ángeles y del diablo, al fin y al cabo ángel caído su inclinación al mal.
El cretino se suele definir llevar la contraria de una manera ostensible, y en el momento más otuno. Adora lo nuevo, sin darse cuenta de que, como dijo Chesterton en “Sobre las hadas”, sólo lo que se repite un año tras otro puede alcanzar la categoría de milagro.
El cretino tira un Belén a la basura y se queda tan ancho. Cuando le preguntan, es capaz de argumentar que estamos en una sociedad laica, como si el creyente viviera en Marte y hubiera de ser encerrado en su casa. El cretino prohíbe grabar con videos o cámaras de fotos, las sesiones de villancicos del colegio. Está de moda. Hay epidemia.
El cretino es una especie subvencionada, que es lo que a mí más me subleva. Con el dinero público es muy fácil ser un idiota con balcones a la calle. No se corre ningún riesgo, sumas trienios y el sueldo está en el banco el día 28 de cada mes. Este modismo del alma de ser un majadero abunda entre los funcionarios, y se propaga con facilidad entre los profesores, sin duda agotados de tener que explicar algo en lo que hace tiempo dejaron de creer.
Y está el cretino político. Entre todos los tarugos de este país están vaciando la identidad de los chavales. Ahora lo que se lleva es un campeón del botellón, y basar tu identidad en el uso horario gallego. Hay plaga de cretinos y no sé qué, todos salen en Navidad.
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