Andan Cristina Garmendia y Alejandro Salem, máximos responsables del monstruo Mediaset, ante el nuevo fracaso de Gran Hermano, cuestionando la conveniencia de mantener a los directivos de Telecinco ante la tremenda humillación que supone que dos chavales de Getafe, sin ninguna educación técnica, hayan sido capaces de duplicar la audiencia de la cadena en horario vespertino, rescatando, en un ejercicio de realidad arqueológica, un aspecto misterioso del pasado: LA MONSTRUOSIDAD. Yo quiero ir…
La monstruosidad sigue manteniendo idéntica atracción que la que despertaban los freak shows del siglo XIX, espectáculos que acaparaban la admiración y el aplauso de un público entregado a las emociones fuertes. Hoy, en internet, La Casa de los Gemelos 2 es un show de bajo presupuesto, en el que desfila una caterva de personajes “monstruosos”. Esto no supone en sí ninguna novedad: desde hace décadas, la televisión nos ha mostrado una colección interminable de físicos deformados por la cirugía estética, los anabolizantes o, lo que es mucho peor, exhibicionistas obscenos e impúdicos que han comercializado su privacidad, lo cual se nos antoja infinitamente más monstruoso que exhibir un culo de dimensiones siderales. Y, ¿el Burro? En el estético/orto pédico, arreglándose la sonrisa vertical…
Hace décadas que Federico Fellini, en obras de arte como La Strada, La Dolce Vita, Amarcord, etc., nos mostró sus “monstruos”: personajes grotescos y extraños que eran reflejo de la sociedad italiana de la posguerra y que revelaban el gusto del genio del cine por lo marginal, lo carnavalesco y lo grotesco. En el cine de Fellini, la realidad se fusiona con la fantasía para mostrar la decadencia, el deseo y la memoria, transformando lo feo en fascinante a través de un estilo barroco y surrealista. Grotescas y carnavalescas son también esas figuras exageradas que se exhiben en el show de La Casa de los Gemelos 2, personajes excesivos que dejan con el culo al aire la hipocresía humana de sus críticos. No son monstruos literales, pero el hecho de ser la diana de los defensores de la moral los convierte en el espejo de los miedos de aquellos imbéciles que manifiestan su rechazo a un espacio de libertad, cuyo secreto es un grito inconsciente de crítica a la hipocresía de una burguesía española en decadencia moral, y una denuncia -también inconsciente- de la fascinación que una sociedad enferma lleva décadas sintiendo por lo superficial.
Personalmente, me alegra infinito que anden escandalizados todos estos imbéciles por la presencia de putas, gordas, gitanos, travestis, inmigrantes, homosexuales y ciclados, en un espectáculo que no es más que la consecuencia natural de la cultura y las doctrinas que los mismos imbéciles, desde sus respectivos altavoces, han trabajado durante décadas para normalizar en nuestra sociedad de anormales y anormalizada.
Quiero aprovechar esta columna para levantar mi copa a la salud de esos seres imperfectos que han enganchado a medio país con sus extravagancias, sus defectos y sus limitaciones. Brindo, pues, por su adorable imperfección y, aunque sé que la perfección existe -y prueba de ello son los perfectos gilipollas que, tras haber silenciado una violación y su intento de espectacularización en un reality televisivo, hoy, desde sus columnas, emiten el grito del escándalo propio de los hipócritas-, afirmaré que, por supuesto, la perfección existe, sí, pero en este caso es repugnantemente imperfecta.
Porque, al final, los únicos monstruos que de verdad aterran no son los que bailan, desentonan, gritan o se exhiben sin pudor en un plató, sino aquellos que, con traje planchado y columna dominical, dictan sentencias morales mientras barren sus propias vergüenzas bajo la alfombra. Los otros -los imperfectos, los vulgares, los excesivos, los que no encajan en el decorado burgués-. sólo ponen ante nuestros ojos un espejo que muchos preferirían romper antes de ver reflejar sus inconfesables…
Brindo, entonces, por ellos: por los monstruos que no lo son, por quienes encarnan sin saberlo la crítica más feroz a una sociedad que lleva décadas consumiendo fealdad maquillada de decoro. Y, ya que estamos, brindo también por el susto que provocan en quienes se creían a salvo de ser vistos. Eso sí que es un espectáculo. Ese sí que es el verdadero show.
Se enfadarán porque el circo tiene que seguir en pie, aunque las carpas están llenas de dolor, caspa, enfrentamientos… Salem y entran por la misma puerta, por la que su directora general de comunicación y heredera de ¿cómo era? La edad de la inocencia. Ustedes pasan, como los políticos y MEDIASET seguirá… Lo peor es que no tienen columna vertebral… ¡Ah!, sí la del Burro…
A parir panteras me marcho. A llorar en la tumba de los que aún no han salido de las cavernas.
Una duda que me asalta. La primera cámara oscura la hicieron los Lumiere… Eso es mentira: EL MITO DE LA CAVERNA, ¿qué era? Hala a pensar con las charos.
Jean Hippolyte Gondrè.










