Hay fenómenos culturales que no nacen: irrumpen. No piden permiso, no solicitan contexto, no se justifican. Aparecen, brillan, se exhiben y, sobre todo, obligan a posicionarse. Cristina Pedroche pertenece a esa estirpe. No como persona —eso sería irrelevante— sino como artefacto cultural perfectamente funcional. Su aparición anual, desvestida como una cabaretera de un Berlín de entreguerras convenientemente despolitizado, no es un accidente ni una excentricidad: es un ritual. Un rito de paso televisivo. Una liturgia del exceso.
En otro tiempo, esta estética habría sido clasificada sin titubeos como degenerada. Y no por mojigatería, sino por desorden simbólico. El cuerpo, el brillo, la carne y la provocación no estaban ahí para significar nada más que su propia presencia. Hoy, sin embargo, ese mismo gesto se reviste de discurso. De épica. De introspección. Y ahí empieza el problema.
Pedroche insiste, año tras año, en que sus vestidos no son machistas porque los decide ella. Que nadie le dice cuánta tela usar, cuánto enseñar, cuánta piel ofrecer al prime time. Que eso es feminismo. Que libertad es hacer lo que a una le da la gana. El argumento es impecable… en apariencia. Porque confunde elección con emancipación, decisión con crítica, voluntad con subversión. El mercado también elige. El mercado también decide. El mercado también se exhibe. Y no por eso es libre.
Se apela constantemente a la incoherencia ajena: no comentéis cuerpos, pero comentáis el mío; no hagáis bullying, pero conmigo vale. La falacia es evidente: nadie comenta su cuerpo, se comenta su función. Nadie juzga su anatomía, se analiza su papel como espectáculo. No es el cuerpo el objeto de debate, sino su instrumentalización. El cuerpo como pancarta. Como reclamo. Como producto estacional.
Cada año, además, se nos ofrece el relato del sacrificio. El vestido ha sido duro. La metamorfosis, profunda. La introspección, agotadora. Como si ponerse menos tela exigiera más alma. Como si el impacto visual requiriera una excavación espiritual proporcional. El melodrama acompaña al brillo porque el brillo, por sí solo, ya no basta. Necesita coartada moral.
Aquí es donde lo chabacano deja de ser una estética para convertirse en estructura. Porque lo verdaderamente chabacano no es enseñar el cuerpo, sino envolverlo en una narrativa de trascendencia impostada. No es el exceso, sino su solemnización. No es el escándalo, sino su domesticación a base de consignas bien aprendidas.
Y, sin embargo, sería injusto despachar el fenómeno como simple vulgaridad. Lo chabacano cumple una función social precisa: revela. Obliga a mirar aquello que preferimos no ver. La pareja formada por Pedroche y el diseñador Josei —autor del mamarracho anual— ha entendido algo esencial: la verdadera vida no está donde creemos, sino debajo. Bajo la estupidez, el conformismo y el ruido. Bajo ese orden social que Rubén Darío llamaba, con desprecio certero, “vulgo municipal y espeso”.
Los defensores y detractores de Pedroche se gritan desde trincheras opuestas, pero forman parte del mismo mecanismo. Ambos sostienen el espectáculo. Ambos lo alimentan. Ambos confirman que lo chabacano importa. Que tiene poder. Que genera atención. Que funciona. Y en una cultura donde la atención es el bien más escaso, eso equivale a victoria.
El último giro añade una capa más al artefacto: la causa. El vestido dedicado a las personas con cáncer, en colaboración con la Asociación Española contra el Cáncer. La emoción, el aplauso, la buena conciencia. Y aquí el terreno se vuelve resbaladizo. Porque la caridad exhibida es prima hermana del narcisismo moral. No invalida la ayuda, pero sí la contamina. No la anula, pero la convierte en performance.
No es casual que Russell Crowe lo dijera sin rodeos: deja el cheque y cállate. La verdadera ayuda no necesita focos. El verdadero compromiso no se fotografía. Cuando la causa se convierte en complemento estético, deja de ser causa y pasa a ser atrezzo.
Cristina Pedroche no es el problema. Es el síntoma. El espejo. La confirmación de que hemos confundido provocación con pensamiento, visibilidad con valor, elección con libertad. Lo chabacano no molesta porque sea vulgar, sino porque es eficaz. Porque nos desnuda a nosotros. Porque nos muestra, sin piedad, el vacío que intentamos rellenar con brillo, consignas y relatos prefabricados.
Y quizá por eso seguimos mirando. No por admiración, ni siquiera por rechazo. Miramos porque intuimos que, bajo tanto ruido, hay una verdad incómoda: que el espectáculo somos nosotros. Y que mientras sigamos aplaudiendo, lo chabacano seguirá reinando. No como error cultural, sino como su forma más honesta.
Jean hipilytee gondre










