Sacuden los cerebros españoles las acusaciones de agresión sexual dirigidas contra Julio Iglesias, difundidas por Diario.es y Univisión. No tanto por la gravedad intrínseca de los hechos -que debería bastar- sino porque amenazan con desintegrar esas cabezas sin mundo, educadas en un imaginario sentimental donde el ídolo no puede caer sin arrastrar consigo una parte de la identidad nacional. La reacción no es racional, sino casi febril: una amalgama de negación, furia y fantasías grotescas que dibujan una moral insalubre, más preocupada por proteger el mito que por interrogar la realidad.
Para colmo, la ONG que representa a las denunciantes se define como feminista, antirracista, anticapacitista y anticolonial, promueve la justicia climática y el aborto, y está financiada por Open Society Foundations, vinculada a George Soros. El cortocircuito está servido: basta ese cóctel semántico para que muchos desconecten el pensamiento crítico. El debate deja de girar en torno a los hechos y pasa a orbitar sobre la ideología. No importa qué se denuncia, sino quién lo denuncia y quién paga la factura. La verdad, una vez más, queda relegada.
Lo llamativo es que nada de esto surge en el vacío. Bastaba con hojear Muñeca de Trapo, el libro de Vaitiare Hirshon, para advertir que el universo íntimo de Julio Iglesias distaba mucho del romanticismo de postal que vendió durante décadas. Hirshon describe una relación sostenida en el sexo compulsivo, la droga y la cosificación sistemática. No habla de un desliz, sino de una estructura: mujeres intercambiables, jóvenes, disponibles, orbitando alrededor de un hombre acostumbrado a que su deseo fuera ley. Durante años, ese relato fue leído como simple exceso de estrella, como folklore del éxito masculino. Hoy, de pronto, sorprende.
Como no podía ser de otra forma, los hechos y desmesuras sexuales que ahora se le atribuyen, chocan con el estereotipo del caballero encantador que la prensa y esa España cañí -tan indulgente con el vicio ajeno cuando viene envuelto en fama- han alimentado sin tregua. Y entonces aparecen los abogados improvisados del plató. Ana Obregón, la amiga íntima de Jeffrey Epstein, convertida en garante moral, y Makoke, que en una exhibición de obscenidad confesional se reivindica como una más en la larga lista de conquistas del artista. Con este equipo de defensa emocional, Francisco de Asís sería condenado por maltrato animal. No se discuten pruebas: se blinda al ídolo con recuerdos, sonrisas y un desprecio apenas disimulado hacia las denunciantes.
Pero quizá el error de análisis más profundo sea considerar a Julio Iglesias como una anomalía. Porque su historia no empieza con él. Empieza antes. Empieza con su padre, el doctor Julio Iglesias Puga, figura respetada, patriarca carismático y protagonista tardío de un episodio que España prefirió leer como anécdota pintoresca. A los noventa años, Iglesias Puga inició una relación con una mujer afroamericana varias décadas más joven y tuvo con ella dos hijos. El relato mediático fue indulgente, incluso celebratorio: vitalidad, virilidad, triunfo de la vida sobre la vejez. Nadie habló de asimetría de poder, ni de fetichización racial, ni de la fascinación patriarcal por la juventud femenina. Era un “romance”, y punto.
Ese silencio dice mucho. Porque lo que se hereda no es solo la genética, sino una cosmovisión. Una idea muy concreta del deseo masculino como derecho, de la mujer como territorio, de la edad, el dinero y el estatus como legitimadores de cualquier vínculo. En la saga Iglesias, el sexo aparece una y otra vez como demostración de poder, no como encuentro. El padre lo encarna en su vejez; el hijo, en su apogeo. Ambos amparados por una sociedad dispuesta a mirar hacia otro lado mientras el espectáculo resulte agradable.
Por eso el escándalo actual incomoda tanto. No solo pone en cuestión a un cantante; cuestiona un pacto cultural. Obliga a preguntarse por qué durante décadas se celebró lo que hoy se denuncia. Por qué ciertas conductas se normalizan cuando quien las ejerce ocupa un pedestal. Y por qué la caída del ídolo se vive como una agresión colectiva, mientras la palabra de quienes señalan el abuso se considera sospechosa por defecto.
Tal vez haya llegado el momento de asumir que el talento no absuelve, que el carisma no limpia, y que la biografía familiar no es una excusa, pero sí una pista. Porque los mitos no se rompen cuando se les ataca: se rompen cuando la realidad, tarde o temprano, les pasa la factura. Y el verdadero escándalo no es que se hable ahora, sino que se haya callado durante tanto tiempo.
Raro, raro, raro…
Jean Hyppolite Gondrè.










