En la Tierra a jueves, febrero 19, 2026

EL FANATISMO DE LA ORRIOLS

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… El relato combina agravio histórico y determinación épica. Orriols insiste en que durante siglos se persiguió la lengua catalana y, que el Estado español ha intentado asimilar a Cataluña. Su negativa a hablar castellano es, en su narrativa, un acto de coherencia identitaria. La lengua como trinchera, el discurso como barricada. El problema es cuando la identidad se convierte en aduana y empieza a exigir pasaporte moral.

En la política catalana hay carreras meteóricas, y luego está la de Silvia Orriols. Odiadora que entiende España como una jungla de bípedos libérrimos, una carrera que más que meteórica parece una ruta en montaña rusa ideológica con parada en todas las estaciones del independentismo emocional. De las juventudes de Esquerra Republicana de Catalunya a su paso por Estat Català, y de ahí al liderazgo de Aliança Catalana, Orriols ha recorrido el espectro soberanista como quien cambia de carril, sin mirar el retrovisor.

En un desayuno informativo organizado por Nueva Economía Fórum, la dirigente ofreció una confesión casi sentimental: “Era procesista, seguidora al 200% de Carles Puigdemont, pero nos enredaron”. La frase tiene algo de ruptura amorosa adolescente: yo creía en ti, Carles, pero me fallaste. Del 200% al desencanto hay un trecho que, en política catalana, se recorre a velocidad de hashtag.

Ese tránsito ideológico no ha sido una renuncia, sino una mutación. Orriols no se bajó del tren independentista; simplemente decidió que el maquinista conducía demasiado despacio. Si el procés era una novela por entregas, ella quería el desenlace en el primer capítulo. Y así, de la militancia juvenil republicana, pasó a abrazar un proyecto propio, sin medias tintas y con un tono que ya no busca persuadir sino delimitar: dentro y fuera, puros e impuros, catalanes y “los otros”.

La evolución tiene su ironía: de la izquierda independentista, a un partido que muchos sitúan en la extrema derecha, con estética de tractorista enfadado y discurso de frontera cerrada. Aliança Catalana ha sabido captar un nicho concreto: Pagesos hartos, votantes desencantados y soberanistas que sienten que el procés fue una promesa incumplida. La bandera sigue siendo la misma; lo que cambia es el volumen del altavoz.

En el desayuno, además de reivindicar su pureza programática -“no hemos venido a hacer coaliciones en base a renuncias”-, Orriols dejó caer que estaría dispuesta a pactar con Junts per Catalunya. Pactar, sí; renunciar, jamás. Es una fórmula interesante: quiero gobernar contigo, pero sin mover una coma. En la práctica, algo así como compartir piso sin discutir nunca la decoración.

La líder también se permitió una excursión geopolítica. Cataluña, según su visión, podría seguir la estela de los países bálticos. “Sería como en Lituania, el Estado español sería incapaz de ocupar militarmente Cataluña, los catalanes resistiremos”. La imagen es potente: un pueblo entero convertido en muralla humana, resistiendo con esteladas al viento. La comparación con Lituania es épica, aunque simplifica unas cuantas décadas de historia postsoviética en una frase de sobremesa.

El relato combina agravio histórico y determinación épica. Orriols insiste en que durante siglos se persiguió la lengua catalana y, que el Estado español ha intentado asimilar a Cataluña. Su negativa a hablar castellano es, en su narrativa, un acto de coherencia identitaria. La lengua como trinchera, el discurso como barricada. El problema es cuando la identidad se convierte en aduana y empieza a exigir pasaporte moral.

En materia migratoria, la línea es todavía más contundente: oposición frontal a la llegada de extranjeros, especialmente musulmanes -lógico-, y defensa de deportaciones masivas. Ha llegado a afirmar que “mucha gente que nace, vive y trabaja en Cataluña nunca será catalana”. Una definición de pertenencia, que parece más cercana a un club privado que a una comunidad política moderna. La catalanidad, en esta versión, no se adquiere; se hereda como una reliquia familiar.

El cóctel ideológico tiene algo de alquimia contemporánea: independentismo maximalista, discurso identitario duro y una narrativa de resistencia casi bélica. Cataluña como fortaleza sitiada, los bálticos como espejo, el tractor como símbolo de autenticidad rural, frente a la globalización sospechosa. Todo envuelto en un tono que no busca matices sino adhesiones.
Las encuestas sonríen y eso, en política, es un afrodisíaco. A un año de las municipales, Aliança Catalana sueña con ampliar su influencia y consolidar una derecha independentista sin complejos. La incógnita sobre quién encabezará su lista se desvela el 23 de abril, día de Sant Jordi. Nada como la jornada del libro y la rosa para presentar al candidato de un partido que prefiere las espinas retóricas a los pétalos conciliadores.

La trayectoria de Orriols es, en el fondo, un síntoma del momento político: desencanto, polarización y hambre de certezas rotundas. Donde antes había debates tácticos, ahora hay declaraciones lapidarias. Donde antes se hablaba de ampliar bases, ahora se delimitan fronteras.

De las juventudes de ERC al liderazgo de un partido de extrema derecha identitaria, el viaje no ha sido corto ni discreto. Pero tiene coherencia interna: la búsqueda constante de una Cataluña sin interferencias, sin matices y, según su visión, sin quienes no encajen en el molde. El trazo es grueso y visible desde lejos. Falta por ver si la sionista de Vic, adoradora de Netanyahu y cuyo lema es “odiamos el Estado español”, cuando llegue la hora de gobernar, consigue que su dibujo aguante la lupa.

José Antonio Rulfo.

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