En la Tierra a lunes, febrero 23, 2026

AULLANDO COMO LOBAS CON THERIAN

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… Ayer se reunieron en Barcelona más de 3000 animalitos en una quedada, con sus máscaras, sus colas, sus reuniones en el bosque (o en el descampado detrás del centro comercial, que es el bosque que nos ha tocado). Adultos mirando desde lejos, intentando decidir si llamar a un psicólogo o a National Geographic.

Vaya por delante que no pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero no hace mucho, esa edad difícil que es la adolescencia, consistía en rebelarte contra la autoridad paterna, llevar un peinado imposible, escuchar música que detestaban los mayores y escribir poemas oscuros y absurdos en una libreta. Ahora, al parecer, consiste en abrazarse al extremo ridículo que consiste en descubrir que en realidad eres un lobo atrapado en el cuerpo equivocado y que tu verdadera familia es una manada de perfiles de Discord con orejas de peluche.

Bienvenidos al universo Therian: ese lugar donde la CRISIS DE IDENTIDAD se gestiona a cuatro patas.

Para quien haya estado ocupado en vivir y no se haya dejado entretener por una interesada campaña de normalización, que señala a los Therians como personas normales -generalmente adolescentes- que afirman identificarse espiritualmente o psicológicamente como animales no humanos, el descubrimiento de esta tendencia le habrá hecho llorar de risa. No es metáfora, no es “me siento fuerte como un tigre”, es más bien “soy un tigre pero en el transporte público me hacen sacar el billete”. Y claro, uno intenta procesarlo sin que se le salga a chorros el zumo por la nariz.

Lo fascinante no es que alguien juegue a ser zorro en el parque. Eso entra dentro del folclore juvenil. Lo verdaderamente sublime es la solemnidad con la que se construye la narrativa. Hay foros, manuales, testimonios sobre “despertares”, debates sobre qué especie vibra mejor con tu energía interior. Antes te hacías un test de revista para saber qué tipo de pizza eras. Ahora descubres tu animal totémico con la seriedad de quien elige carrera universitaria.

Y ahí están, ayer se reunieron en Barcelona más de 3000 animalitos en una quedada, con sus máscaras, sus colas, sus reuniones en el bosque (o en el descampado detrás del centro comercial, que es el bosque que nos ha tocado). Adultos mirando desde lejos, intentando decidir si llamar a un psicólogo o a National Geographic.

El asunto tiene algo profundamente cómico y profundamente inquietante al mismo tiempo, porque no estamos hablando de una subcultura ocasional. Estamos hablando de identidad, de decir “esto soy”. Imagínate la escena familiar:

Hijo, ¿qué quieres estudiar?
No estudio, mamá. Auuuuuuú. Cazo.
Pero, ¿de qué pretendes vivir cuando seas mayor?
Los lobos no necesitamos trabajar, aguantaré de ocupa en esta guarida el tiempo que haga falta. Auuuuuuú.

Es difícil no ver el lado grotesco cuando alguien defiende con convicción que su alma pertenece a un mapache mientras tiene que asistir al instituto. ¿Se quita la cola antes de entrar a clase? ¿Hay un momento transicional en el que pasa de ser una criatura salvaje a un tonto enganchado al móvil?

Ahora bien, el fenómeno no surge en el vacío. Surge en una sociedad que ha convertido la identidad en un menú desplegable. Marca tu género, tu orientación, tu tribu urbana, tu signo lunar ascendente con trauma. Si todo es fluido, editable y personalizable, ¿por qué la especie iba a quedarse fuera?

Darwin estaría orgulloso: evolución por actualización de perfil.

Pero cuidado, una cosa es la fantasía lúdica y otra convertirla en sustituto permanente de la realidad. Si cada frustración humana se resuelve declarando que “mi especie interior no entiende las normas sociales”, la vida adulta se convierte en un safari terapéutico.

¿Discusión incómoda? Es que soy felino y necesito espacio. ¿Responsabilidades? Mi espíritu es libre. ¿Límites? Eso es antropocentrismo opresor.

Y mientras tanto, los padres intentando no colapsar. Porque una cosa es que tu hijo quiera ser influencer y otra que quiera ser hurón espiritual. La pregunta no es si es peligroso llevar orejas de gato; la pregunta es si debajo de las orejas hay herramientas para manejar el mundo real. Porque el mundo real, por desgracia, no se impresiona fácilmente con tu identidad de zorro plateado.

El riesgo no es el disfraz. El riesgo es que el disfraz sea el único lugar donde alguien se siente válido. Que la comunidad Therian sea el único espacio donde no hay juicio, donde no hay exigencias, donde nadie te recuerda que tienes que crecer. Y claro, comparado con eso, la sociedad tradicional parece una reunión de adultos amargados pagando impuestos.

Lo grotesco, si uno quiere verlo así, no está solo en las máscaras. Está en el contraste. Jóvenes aullando a la luna mientras el resto del planeta debate inflación, guerras y crisis climática. Una distopía tan absurda que a veces parece sátira escrita por un guionista que va de LSD hasta las trancas.

Y entonces surge la tentación dramática: que Putin lance los misiles y reiniciemos la partida. Total, si vamos a convertirnos en fauna mística, al menos que sea con efectos especiales decentes. Pero quizá el armamento nuclear no arreglaría nada. Probablemente, entre los escombros, alguien abriría un foro titulado “Reencarnados Post-Apocalípticos” y empezamos de nuevo.

Tal vez el verdadero chiste -el ácido, el incómodo. es que los Therians no son un fallo del sistema, son un síntoma. Una caricatura exagerada de una cultura que ha perdido tanto el norte que algunos han decidido adoptar directamente el instinto animal.

Y mientras esos infelices corren a cuatro patas buscando sentido, nosotros seguimos erguidos, racionales, civilizados y preguntándonos en qué momento el hecho de ser humano dejó de parecer suficiente y empezó a parecer una decepción.

Si esto es evolución cultural, que alguien me pase el manual. O al menos una máscara de Golden Retriever.

José Antonio Rulfo

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