En la Tierra a jueves, marzo 12, 2026

PERSIA, IRÁN; MESOPOTAMIA, IRAK; ANNAM, VIETNAM…

…Y las civilizaciones, para desgracia de los planificadores de guerras rápidas, no las destruyen bombas ni misiles, las hace desaparecer su propia degeneración…

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La multitud se había reunido desde primera hora de la tarde en la plaza Azadi de Teherán.

Cientos de miles de personas. Hombres, mujeres con y sin hiyab, ancianos, jóvenes y banderas plegadas, como si se tratara de una afición a la expectativa en una final de Champions. En el horizonte, de repente, una detonación. Luego otra. Cayendo la tarde, el cielo se ilumina brevemente con el destello de los misiles. Un rumor recorre la masa humana, pero no es miedo. Es otra cosa: un rugido de orgullo.

La concentración, lejos de dispersarse, se enardece. Como una grada cuando su equipo marca el gol decisivo. La multitud despliega miles de banderas al viento y comienza a surgir un canto que se multiplica como una ola: “¡Muerte a los Estados Unidos!”. Los teléfonos graban, las cámaras de televisión captaron los rostros exaltados y, por un momento, la escena recuerda cualquier cosa menos a una población aterrorizada. Es una afición
celebrando la posibilidad de su martirio.

El espectáculo resulta incómodo para quienes habían imaginado otro guión. Porque, según el libreto inicial, la población iraní debía estar esperando el momento oportuno para rebelarse contra su propio gobierno, abrir las puertas del palacio y agradecer la intervención extranjera. Algo así como un remake de ciertas fantasías geopolíticas, en las que los pueblos “liberados” aplauden a sus bombarderos. Pero la realidad, como suele suceder, ha decidido no cooperar con la narrativa de un relato que poco o nada tenía que ver con la realidad.

La guerra, que comenzó el 28 de febrero con ataques coordinados por la coalición Epstein contra instalaciones iraníes, se concibió como una operación rápida: golpear la infraestructura militar, decapitar al liderazgo y provocar un colapso político interno. Irán respondería con algunos misiles, el régimen se tambalearía y, con suerte, la historia terminaría con un cambio de gobierno. Una especie de secuestro geopolítico a escala continental.

El problema es que el guion estratégico no podía sobrevivir al contacto de una realidad que obedece a una organización que ya había decidido con anterioridad que a rey muerto, rey puesto.

A día de hoy, el conflicto se ha extendido por todo Oriente Próximo, con ataques y contraataques que alcanzan desde el Golfo Pérsico hasta el Mediterráneo oriental. En el estrecho de Ormuz —esa arteria por la que circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial— los incidentes se multiplican. Barcos alcanzados por proyectiles, minas navales, tráfico marítimo reducido a mínimos históricos y centenares de petroleros varados en la esperanza de que la armada iraní permita su paso.

Naturalmente, los mercados reaccionan como los mercados suelen reaccionar: con pánico, pues no hay nada más miedoso que el dinero.

El precio del petróleo sube, las bolsas tiemblan y los economistas empiezan a pronunciar palabras que en Bruselas producen urticaria: inflación, déficit, crisis energética… Si el estrecho de Ormuz se cierra de manera efectiva, el golpe a la economía global será inmediato.

Europa, que todavía se estaba recuperando del último episodio de entusiasmo sancionador contra Rusia, observa la escena con cara de ‘tolai’, con esa expresión que suele aparecer cuando uno descubre que el plan maestro consistía básicamente en improvisar sobre la marcha, osea que no hay plan B….

Mientras tanto, en Washington se desarrolla un espectáculo paralelo. Donald Trump ha declarado en varias ocasiones que la guerra está prácticamente terminada”, aunque los bombardeos continúan, los frentes se multiplican y la munición se acaba.

Es una curiosa forma de finalizar una guerra: seguir combatiendo mientras te están dando una paliza.

El presidente estadounidense parece atrapado en una situación incómoda. Por un lado, el coste militar diario se dispara hasta los mil millones. Por otro, la opinión pública norteamericana empieza a mostrar un entusiasmo más bien limitado por otra aventura en Oriente Próximo. Y, como recordatorio adicional, las elecciones legislativas de noviembre se aproximan con la serenidad de un tren de mercancías avanzando a toda velocidad hacia una estación llamada derrota parlamentaria.

La idea original, según múltiples analistas, era que tras la eventual eliminación del liderazgo iraní el sistema se derrumbaría por sí solo. Algo parecido a retirar una pieza clave de un dominó político. El pequeño detalle que parece haberse pasado por alto es que Irán no es exactamente un experimento institucional reciente.

Es Persia.

Una civilización con varios milenios de historia tiende a reaccionar de manera diferente a un país cuyo sistema político depende de un puñado de figuras concretas. La expectativa de que una población de noventa y tres millones de personas se levantara espontáneamente contra su propio Estado mientras caen misiles sobre sus ciudades parece haber sido, digamos, ilusoria.

La situación militar tampoco ha seguido exactamente el guion previsto. Entre los golpes más costosos se encuentra la destrucción de veintisiete bases militares norteamericanas y de los sistemas de alerta temprana occidentales en la región, incluyendo radares estratégicos capaces de rastrear misiles a miles de kilómetros. Uno de ellos, valorado en más de mil millones de dólares y con un alcance aproximado de 5000 kilómetros, ha quedado fuera de servicio. Su reparación podría tardar años; reemplazarlo, aún más.

Pequeños contratiempos técnicos, por supuesto, que han reducido la cúpula de hierro a cúpula de hojalata.

Mientras tanto, las imágenes filtradas desde Tel Aviv —difundidas a pesar de los esfuerzos de la censura por controlar la narrativa— muestran barrios destruidos por misiles iraníes. Nada comparable con Gaza, dirán algunos. Pero suficiente para recordar que la guerra moderna es asimétrica y un asunto incómodamente bidireccional.

En este contexto, Trump ha comenzado a moverse en el tablero energético global. Entre las decisiones más sorprendentes se encuentra la relajación de ciertas sanciones al petróleo ruso, una medida destinada a estabilizar los precios del crudo y evitar que la inflación estadounidense se dispare justo antes de las elecciones. Una ironía histórica: tras años de sanciones europeas destinadas a asfixiar la economía rusa, ahora resulta que el petróleo ruso podría convertirse en el salvavidas del mercado global.

En Bruselas, mientras tanto, los panolis de los dirigentes europeos observan la decisión de Trump con la misma expresión de un jugador que acaba de descubrir que apostó todas sus fichas en la mesa equivocada. Después de sancionar a Rusia con entusiasmo moral y consecuencias económicas bastante tangibles, Europa, donde aún retumban los aplausos por la voladura norteamericana del Nord Stream, se encuentra otra vez mirando cómo se reorganiza el tablero energético mundial sin ella, mientras su presidenta aboga por la vuelta a la energía nuclear. Que baje Dios y lo vea.

Pero volvamos a Teherán.

Porque, mientras diplomáticos, estrategas y economistas discuten sobre precios del petróleo, radares destruidos y mayorías parlamentarias en peligro, en las calles de la capital iraní la escena continúa. La multitud sigue allí.

Cada nueva explosión en la distancia provoca un nuevo rugido. Con cada ataque a los tanques de petróleo refinado que provoca esa lluvia negra con efectos sanitarios devastadores, los cánticos resurgen una y otra vez, como si el ruido de las explosiones y los incendios incontrolados no fuera un motivo para dispersarse sino un combustible para el fervor colectivo.

Sin duda, los estrategas occidentales esperaban ver otra cosa: miedo, deserciones, fracturas internas. Pero lo que muestran las cámaras es una ciudad que, bajo las sirenas antiaéreas, se comporta más como una hinchada que como una población derrotada. Y al observar esas calles repletas de gente que no parece dispuesta a rendirse, uno no puede evitar pensar que quizá estamos ante algo más que un Estado bajo ataque. Estamos ante una civilización.

Y las civilizaciones, para desgracia de los planificadores de guerras rápidas, no las destruyen bombas ni misiles, las hace desaparecer su propia degeneración.

José Antonio RULFO.

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