El nombramiento de Mario Rodríguez como nuevo presidente de Mediaset fue acogido con una sensación extraña en el sector audiovisual. Por un lado, Rodríguez es un viejo conocido que ha hecho de todo en Mediaset, donde hasta el momento de su nueva designación ejercía como director general corporativo y cargaba con la responsabilidad de las relaciones institucionales.
Ahora bien, la carrera de Rodríguez, ligada a Mediaset desde hace casi treinta años, ha estado vinculada a las áreas jurídicas e institucionales. Bien conocido por ello en el sector, todavía existe la duda de si dicho nombramiento responde a una solución o a un síntoma. Y es que queda la duda de si su designación no rebaja frente a su predecesora, la exministra Cristina Garmendia, y si Mediaset no ha tenido mejor candidato que un ‘fontanero’ de toda la vida.
Hasta ahora, nadie ha puesto en duda el trabajo de Rodríguez. Pero la sensación generalizada es la de que Mediaset no ha contado con una alternativa externa mucho más representativa y ha tenido que reclutar en sus propias filas.
¿Se trata, de esta forma, de una solución avispada para hacer frente a la crisis generalizada que atraviesa Mediaset o es una consecuencia lógica de la misma? Hay respuestas para ambas versiones. Lo que sí está claro es que Rodríguez va a tener que afrontar una presidencia complicada. ¿Se limitará a un papel de jarrón, al estilo de Garmendia, o le marcará directrices al procónsul -y consejero delegado- Alessandro Salem?
Sólo el tiempo lo dirá. Mientras tanto, las audiencias -salvo ‘Supervivientes’ y poco más- siguen en quiebra, la marca no levanta cabeza e Inoperancia Fernández, desde la Dirección de Comunicación, no es capaz de capear la lluvia de titulares sobre la ‘derechización’ de Cuatro. No pasa nada. Al fin y al cabo, Botello y Revaldería siguen haciendo caja y eso es lo que de verdad importa. Como decía aquél, mientras llega la media naranja, vamos comiendo mandarinas.
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