Patricia Crespo, directora de Comunicación Corporativa de NITID Corporate Affairs
El auge de los creadores de contenido como fuentes de información responde a una búsqueda de cercanía y especialización que los medios tradicionales, a veces encorsetados en su propia estructura y línea editorial, han dejado de ofrecer. El beneficio principal de esta nueva forma de consumir información es la democratización del acceso al conocimiento: hoy un experto en geopolítica o un analista financiero puede hablar directamente a su audiencia sin filtros, generando una relación de confianza basada en la transparencia y la agilidad narrativa. Esta conexión “de tú a tú” ha permitido que nichos antes ignorados tengan ahora una voz propia y una comunidad que consume información de forma activa.
Sin embargo, este modelo navega en aguas peligrosas donde muchas veces la falta de rigor editorial y la dictadura del algoritmo son las principales amenazas. Al no existir en muchos casos un proceso de contrastación de fuentes o una responsabilidad deontológica clara, el riesgo de desinformación o de sesgos personales disfrazados de hechos es altísimo.
“El peligro real no es solo la “fake news”, sino la creación de contenidos poco rigurosos donde el creador de contenido, movido por la necesidad de captar la atención (engagement), prioriza la espectacularidad o el conflicto sobre la veracidad, diluyendo la frontera entre la opinión informada y el puro entretenimiento.”
En cuanto al supuesto abandono de los medios tradicionales, más que una huida, estamos viviendo una reubicación de roles. El público no ha dejado de lado a las cabeceras de referencia, sino que las ha desplazado al puesto de “validador final”. Mientras que el creador de contenido funciona como el descubridor y el primer punto de contacto con la noticia, el ciudadano, sobre todo de mayor edad, sigue acudiendo al medio de comunicación tradicional cuando necesita confirmar que lo que ha visto en TikTok, Instagram o X es real. Por eso, el reto para los medios no es competir en velocidad con un streamer, sino en profundidad y autoridad; su supervivencia depende de ser el ancla de certidumbre en un mar de contenidos efímeros.
Pavel Ramírez, consultor sénior de Estudio de Comunicación
En 2019, la BBC decidió prohibir la presencia de negacionistas del cambio climático en sus debates. Desde entonces, la información que se ofrece en la cadena británica sobre el tema se centra en el consenso científico que rodea a cuestiones como el calentamiento global, los niveles de emisiones de gases de efecto invernadero o los efectos derivados de destrucción de ecosistemas clave para la vida humana. Es una línea editorial coherente, que nace de un ejercicio de reflexión deontológica de quienes asumen que trabajar a diario con la información exige dos cosas realmente básicas: responsabilidad social y servicio público.
Por el contrario, hace un par de años un conocido creador de contenido español auspició un debate sobre el cambio climático en su popular programa de Youtube. De un lado, un invitado hablaba de la emergencia que supone esta crisis para la humanidad, mientras que el otro se dedicaba a relativizar el problema. El resultado fue que durante varias horas se puso al mismo nivel a un científico experto en el cambio climático de las tesis negacionistas del otro. Al final, se quiso vender el debate como un ejercicio de pluralidad, cuando en realidad aquel programa se convirtió en una fuente de desinformación para sus millones de espectadores.
“No es que personalmente considere que el periodismo sea una disciplina que solo dominan unos pocos privilegiados, capaces de ejercer de garantes de la calidad de la información en aras de la búsqueda de la veracidad… pero lo que tengo claro es que informarse con reels de 8 segundos en redes sociales o (exclusivamente) a través de creadores de contenido, puede llevar a un aumento desmedido de los niveles de desinformación de la audiencia. Es decir, que corremos un mayor riesgo de idiotización.”










