En el bullicioso circo de la política española, donde el triple salto mortal sin red compite con el conejo sacado de la chistera, la última actuación de la ilusionista Mopongo no ha defraudado. Más bien al contrario, ha elevado el arte del gesto grandilocuente a una nueva categoría, ésa en la que el sacrificio se proclama con tanto énfasis que exige el aplauso en pie del gallinero.
La escena es conocida, la vicepresidenta anuncia que abandona el Gobierno para encabezar la candidatura socialista a la Junta de Andalucía. Pero no se trata de un simple relevo político. No. Aquí estamos ante algo mucho más elevado, casi espiritual. Estamos en un descenso místico desde las alturas del poder central hacia la terrenal Andalucía, ese lugar que, por momentos, parece describirse en las palabras de Mopongo como necesitado de redención urgente.
Porque, claro, no cualquiera toma una decisión así. Hay que tener, según se desprende de sus propias palabras, una dimensión casi épica. “Poner en valor lo que tiene más valor”, dijo, en una de esas construcciones lingüísticas que recuerdan sus orígenes en el barrio de Triana. Y es que, al parecer, no es habitual que alguien con “ese recorrido” y “ese número de funciones” decida “venir” a Andalucía. El verbo no es casual; venir, descender, acudir, casi como quien baja del Olimpo.
El mensaje implícito, cuidadosamente envuelto en retórica institucional, que desprende el olor de los movimientos cristianos de base donde militó la exvicepresidenta resulta difícil de ignorar. No es Andalucía la que eleva a la candidata, sino la candidata la que, en un gesto magnánimo, se ofrece a rescatar Andalucía. Una narrativa que, si uno se descuida, podría confundirse con la de Catwoman en campaña electoral.
Pero no, no es Catwoman, es Mopongo.
En este punto, algunos podrían recordar que no es precisamente una recién llegada a la política andaluza. Su trayectoria está estrechamente vinculada y salpicada del escándalo de etapas anteriores de la administración autonómica, incluyendo los gobiernos de José Antonio Griñán y Manuel Chaves. Pero en política, como en el circo, el pasado es maleable y el relato siempre se reescribe en presente continuo.
Y hablando de relato, es difícil resistirse a la colección de frases memorables que han jalonado su carrera. Frases que algunas parecen sacadas de una tasca de la calle Pureza, y que han alcanzado ya la categoría de culto, como ese “mil millones no son nada” o la célebre metáfora farmacéutica de las Ricola y las Juanolas. Perlas lingüísticas todas que, lejos de aclarar conceptos, parecen diseñadas para envolverlos en una niebla casi poética que nace en el Guadalquivir y anula la visión de la inteligencia.
Especial mención merece también esa joya tautológica que nos dejó Mopongo: “lo que dice el acuerdo es lo que dice y lo que no dice el acuerdo no lo dice”. Una frase que, analizada con calma, revela una profundidad filosófica inesperada, la afirmación de lo evidente como estrategia discursiva. No explica nada, pero al tonto promedio parece que se lo explica todo.
Mientras tanto, el contexto no es precisamente neutro. Recientemente, han trascendido informaciones sobre la querella por cohecho contra quien fuera su número tres en Hacienda, José Antonio Marcos San Juan. Lo que hace que el contraste entre la épica del “rescate” y el ruido de fondo judicial añada una capa extra de ironía a todo el conjunto.
Fiel al guión, Mopongo despachó en su día estas informaciones como “mentiras y fango”, una expresión ya clásica en su repertorio político. Porque si algo caracteriza a la artista es la capacidad de convertir cualquier crítica en una agresión injustificada. La autocrítica, en cambio, sigue siendo palomas saliendo del pañuelo, un número todavía pendiente de realizar.
Su despedida del Consejo de Ministros, según relató la portavoz Elma Saiz, fue “muy emotiva”. No es difícil imaginar la escena; gestos solemnes, palabras medidas, y quizá alguna lágrima contenida. Después de todo, no todos los días se despide una artista de su troupe. No todos los días se presenta un acto de tal magnitud histórica. La renuncia voluntaria al poder para intentar conquistar otro.
Eso sí, hay detalles que invitan a la reflexión. Por ejemplo, la decisión de no renunciar a su escaño en el Congreso. Una precaución comprensible, desde luego. Porque incluso las misiones más nobles pueden enfrentarse a imprevistos, y nunca está de más tener un ‘plan B’. O, dicho de otra manera, un seguro político ante la incertidumbre electoral.
Y así llegamos al cierre, coronado por otra frase destinada a perdurar y dirigida a los perros del PP: “ladran, pues cabalgamos”. Una cita que evoca movimiento, determinación y, sobre todo, una cierta inmunidad frente a la crítica. Porque si uno cabalga lo suficiente, tal vez no tenga que detenerse a escuchar.
En definitiva, lo que estamos presenciando no es sólo un cambio de candidatura, sino una lección magistral de ilusionismo político; cómo transformar una obligada decisión estratégica en un acto de sacrificio, cómo convertir la ambición en servicio, y cómo, en el proceso, situarse por encima de la ciudadanía sin decirlo explícitamente.
O quizá sí.
José Antonio RULFO










