En la Tierra a martes, marzo 31, 2026

EL NIÑO DE LA RAQUETA Y EL PISO EN LA RAMBLA

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Unos padres le gritaron “¡corre, no entres!” y se hundieron para siempre en un bombardeo de los de verdad. De los que dejan cráteres grandes como piscinas y silencios que te persiguen hasta la hora de dormir.

Al día siguiente, una ONG con el corazón en la mano y la cabeza en otro sitio, le regaló una raqueta de tenis. Ni arroz, ni un abrazo, ni un “lo siento”. Solo una raqueta. Para que jugara a espantar fantasmas por la noche y confundiera el ruido de las bombas con fuegos artificiales de cumpleaños. ¡Un cohete con amor! Pensaron que era una gran idea. Seguro que en alguna reunión de Ginebra alguien aplaudió.

Nadie se ocupó del crío. Nadie le esperaba cuando salía del colegio (cuando había colegio). Nadie le preguntaba si tenía hambre, frío o ganas de morirse un rato. Pero él, con esa cabezonería absurda que solo tienen los que ya no tienen nada que perder, decidió seguir vivo. Golpeaba la raqueta contra la pared, contra el aire, contra Dios si hacía falta. Cada golpe era un “aquí estoy, cabrones”.

Las redes apretaban a los peces, mientras las ‘orcash’ cobran para colgar las sábanas en su cara…

Un buen día, harto de ser pequeño en un mundo de gigantes inútiles, se vistió con lo que encontró —una chaqueta demasiado grande, una corbata colgandera de su padre y unas gafas de sol rotas por la luz de la luna— y, con un par de razones, se proclamó Jefe del Mundo. Desde su estrado de cartón, lanzó su primer decreto histórico:

Decreto único para el entendimiento de las especies que viven en nuestros aires:

Que todos los mayores se vayan a otra dimensión. Aquí ya no cabemos más.

Se escuchaba comentar entre los ausentes, que habían delegado su voto en el que nunca regresó, porque no encontró tabaco… Yo soy de Tarragona y yo de Badajoz. Cuido vacas y alejo el espectro de la impotencia, soy del 86… Hala, yo del 2026, nos llevamos mucho… Envío descodificaciones energéticas por wasapp… Y yo me dedico a facturar por redes sociales… ¡Qué pena de mundo! ¡Uhmmmm Te quiero! Pues divorciados estaremos mejor que peor.

Nadie le hizo caso, claro. Los mayores seguían bombardeando, firmando acuerdos y declarando victorias. Pero el niño, terco como una piedra, siguió adelante.

Años después, ya crecido, se compró un piso en una rambla ruidosa. Justo al lado vivía una coja que ejercía el oficio más viejo del mundo, con una dignidad que muchos políticos envidiarían. Entre ellos surgió una sociedad extraña pero funcional: ‘Ella trabajaba, él pensaba’.  Ella le enseñó a negociar con la vida tal como viene. Él le enseñó a no pedir perdón por existir y a abrir los ojos para ver.

Al final y juntos montaron una tienda de ropa. Vendían camisetas con la cara de Mustafa Kemal Atatürk, copiadas sin piedad en talleres turcos. La prima Sulla, mientras tanto, hacía senderismo por el Gran Bazar buscando mejores proveedores y mentiras, para vender al otro lado del Bósforo. El negocio prosperaba. Nadie preguntaba de dónde venían. Nadie quería saber.

Y ahí está la metáfora más cruel y exacta de nuestra época: un huérfano de bombardeo, una prostituta coja y una prima trotamundos montando un pequeño imperio de falsificaciones en plena rambla. ¡Resiliencia pura! Capitalismo salvaje en su versión más honesta: si el mundo te destroza, tú destrozas las reglas y vendes camisetas piratas.

Porque al final, eso es lo que hacemos los que sobramos: inventarnos una dimensión donde cabemos. Aunque sea vendiendo réplicas baratas de sueños ajenos. Un mundo en el que poder creer, crecer, crear y soñar… sin tantos cambios de clima. de gestión de tu vida, de intenciones y realidades no contadas…

El niño de la raqueta ya no golpea paredes. Ahora golpea precios. Y sonríe. Porque descubrió que, en este caos, la única forma digna de sobrevivir es volverse ligeramente ridículo y completamente implacable.

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