En la Tierra a lunes, abril 6, 2026

DIOS SE HA JUBILADO Y VIVE EN LAVAPIÉS

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Se llama Amón, aunque ahora todos lo llaman Nachete

Vive en un tercero sin ascensor donde las plantas se suicidan lentamente y las facturas de la luz forman una torre de Babel de papel incomprensible. Tiene setenta y tres años aparentes, una calva que refleja las farolas y estrellas, como un espejo antiguo y una barba blanca que parece haber crecido de la misma luna que ya no adora, mal recortada y se esconde luciendo una camiseta del Atlético de Madrid  que le queda grande, como a Cerezo.

Hace tres mil años era el dios oculto, el rey de los dioses, el que respiraba detrás del sol. Hoy cobra una pensión no contributiva y baja a comprar el pan con una bolsa de tela, que en sus mejores tiempos susurraba “SEPU”, como quien pronuncia un mantra olvidado…

A veces, cuando nadie lo mira, sigue haciendo pequeños milagros discretos: hace que el semáforo se ponga en verde, justo cuando la señora del quinto llega con el corazón en la boca, evita que el anciano del segundo tropiece con su propio destino en la escalera, y consigue que el café de Paco sepa ligeramente a esperanza, sobre todo, los días en que alguien va a recibir una mala noticia.

Nadie lo sabe. La gente sólo comenta: -Qué majo es Nachete-, siempre está en todo. Él sonríe con esa mezcla de ternura y cansancio, que sólo tienen los que un día lo fueron todo y ahora sólo quieren que les dejen ver el partido en paz. De vez en cuando, cuando la nostalgia le aprieta fuerte, se sienta en el balcón con una cerveza sin alcohol y habla solo: -Antes movía montañas-… ahora ni siquiera consigo que la comunidad arregle el portal. Ayer mismo salvó a un gato que se iba a caer del tejado. Lo hizo sin pensarlo. Un pequeño gesto con la mano, casi avergonzado. El gato aterrizó suavemente en el alféizar. La vecina de enfrente lo vio y le gritó desde su ventana: ¡Nachete, eres un santo! Él levantó la mano, sonrió con tristeza y murmuró bajito: No, hija… ya ni eso.

Solo soy un dios jubilado que todavía no ha aprendido a vivir sin hacer milagros, que nadie le pidió.

pedro de aparicio y pérez de Lucentis

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