En la Tierra a martes, abril 7, 2026

EL FARAÓN: FUI FARAÓN

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Estaba allí cuando el mundo todavía se acordaba de su verdadero nombre, antes de que lo disfrazaran de cuento para niños.

Era faraón, pero me tenían encerrado como a un toro de lidia dentro de un palacio de oro y mentiras perfumadas. Sólo podía estar con los míos: sacerdotes lameculos, guardianes del ka y aquellas hijas del Nilo que olían a incienso y a coño sagrado. Me ungían, me coronaban y me repetían como loros, que mi cuerpo era el de Horus caminando sobre la tierra. Yo sonreía por fuera con la sonrisa oficial. Por dentro ardía como un volcán con ganas de escupir lava.

Quería bajar a la Meseta, oler el sol pegado a la piedra caliente, sudar como un animal y sentir cómo nacía, bloque a bloque, aquella montaña que no era mi tumba… Porque yo sabía la verdad, que nadie se atrevía a decir en voz alta: aquella pirámide no se construía para guardar mi cadáver. Se construía para clavar un recuerdo en el tiempo.

Me casé con mi hermana, sí. Nuestro ADN estaba tan aberrado como el de cualquier dinastía en la que se creen dioses. La sangre se pudría dentro de la familia para que no se mezclara con la plebe. Éramos dioses… y también monstruos.

La tierra, esa vieja glotona y sin dientes, se alimentó entonces de la memoria de todos los que vivimos y convivimos.

Cientos de culturas que se conocían, se respetaban y se dejaban crecer como hierbajos nobles. ¡Igual que hoy, pero sin postureo de Instagram! Hombres que adoraban al sol pero escupían al oro. Hombres cuya palabra pesaba más que un bloque de granito porque su palabra no se devaluaba nunca. Los del fondo parecían trabajar en una cinta sinfín de los Lumière: el mismo gesto repetido mil veces, la misma piedra, el mismo sudor, el mismo canto roto. Una película de locos que nunca terminaba.

Concebimos los obeliscos como agujas de energía pura, jeringuillas clavadas en la tierra para inyectar mis sueños y mi ka directamente en las venas del futuro. Tesla, desde su futuro de loco, miraba la energía que escapaba de aquellos obeliscos y se quedaba mudo, porque incluso él entendía que aquello era demasiado grande para su siglo.

Construimos dos esfinges en la meseta de Giza: una miraba al amanecer y la otra al ocaso.

Guardianas del tiempo. Hoy no las encuentran, porque buscan con Google Earth y cerebro de funcionario a la hora del almuerzo. Duermen bajo la arena, bien protegidas por el desierto, que siempre ha sido mejor bibliotecario que cualquier escriba sentado.

¡Nada de lo que os cuentan es verdad! Todo es una gran mentira vestida de tul barato, con orejas de elefante, bailando un pasodoble ridículo, mientras cose el bajo de un pantalón en la gran mezquita, con hilos de oro y plata.

Una farsa grotesca que reduce nuestra grandeza a vanidad de reyes caprichosos y esclavos sudando bajo el látigo. Nosotros no construíamos tumbas. Construíamos anclas. Construíamos puentes entre lo que fue y lo que todavía no se atreve a nacer. Caminos de energía que unían la tierra de curva a curva, que hablaban con la gran serpiente verde que hoy llamáis Amazonía y que seguía latiendo, aunque la humanidad ya hubiera perdido el pulso. Todo eso sigue ahí abajo. Enterrado bajo ciudades que tienen más de cien mil años. Enterrado bajo el mismo abono negro que hoy alimenta la Amazonía. Enterrado bajo mentiras que bailan torpemente con orejas de elefante. Pero la tierra no olvida.

La Terra es una borracha vieja, viciosa y sabia… ¡Bebe!

Y algún día, cuando el tul se rompa, cuando el elefante se canse de bailar y el pantalón se le caiga al suelo, dejando al aire el culo flácido de la historia, la memoria volverá a subir como savia antigua, furiosa y sin pedir permiso.

Yo lo sé. Porque yo estuve allí.

Porque ordené construir, no mi eternidad… sino la vuestra.

pedro de aparicio y pérez de Lucentis

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