Aprendiste a vivir sin fondo, hasta que saltaste y caíste intentando morir…
Porque te fuiste una noche, en busca de caldo de gallina de liar, en la que el sol entraba a chorros por las ventanas, sudando gotas de despedida. Marcabas el parqué de tablillas de la abuela, de mi abuela, pero tus pies eran alas que navegaban en un cielo con olas de hasta veinte metros.
Saltabas por encima de los obstáculos que te ponía la vida y la entrega ciega a los que se habían jurado contigo.
Recosidos, cual caballo sin peto en Las Ventas de Madrid, llenando las palmas de polvo, sangre y arena quemada. Mientras, las ninfas renacen en los cuencos de agua del emperador de piedra y sin cara.
Corre. Corre para saltar sobre la espalda que le da el que cree haberle herido de muerte, cual cornada guerniquiana. Pero se hace un fénix con el anillo de su padre y le castiga el mentón con toda la rabia acumulada de generaciones.

Los dioses braman en las gradas del ágora, discutiendo el precio del último pescado podrido que se han de comer.
Y tú, gladiator sin nombre, sigues ahí, de pie en medio de la arena, sangrando pero entero, con la mirada fija en el palco vacío donde antes aplaudían los que ahora callan.
Porque esto no es un combate. Esto es una ejecución lenta que te obligaron a convertir en victoria. Y aunque te duela el alma en cada respiración, sigues saltando.
Porque ya no sabes hacer otra cosa que, no sea, colocar el mos maiorum en el lugar sagrado.
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…










