El 28 de abril de 2025, tras el gran apagón eléctrico que dejó sin suministro a gran parte de la península ibérica, las instituciones españolas activaron sus protocolos de emergencia y el Gobierno de España coordinó la respuesta con Red Eléctrica, las comunidades autónomas y países vecinos como Francia y Portugal para estabilizar la red. Los servicios de emergencia gestionaron evacuaciones y los hospitales funcionaron con sistemas de respaldo, mientras la recuperación del suministro evidenció la fragilidad del sistema. Un año después, siguen abiertas las dudas sobre si las medidas adoptadas han sido suficientes para reforzar la resiliencia de la red.
Las empresas eléctricas, junto a operadoras como Renfe, Aena y las telecomunicaciones, trabajaron para recuperar la normalidad mientras el Gobierno y los reguladores investigaban las causas del colapso, atribuido a desequilibrios en la red y fallos de estabilidad. La respuesta mostró capacidad de reacción, pero también limitaciones en la coordinación entre actores. A día de hoy no existe consenso sobre si el sistema está mejor preparado para evitar un episodio similar.
En este contexto, Diego Sanz Jiménez, Head of Utilities & Energy at VASS, analiza para PRNoticias qué ha cambiado en el sistema eléctrico español un año después del apagón, qué lecciones han dejado instituciones y empresas, si la red está hoy mejor preparada, qué riesgos pueden tensionarla en el futuro, cómo influye el crecimiento de las renovables en la estabilidad del sistema y qué papel deben tener las políticas públicas para garantizar un suministro seguro y asequible.
Un año después del apagón, ¿qué ha cambiado realmente en el sistema eléctrico español?
Red Eléctrica ha endurecido los márgenes de operación, reforzado el control de tensión y acelerado la contratación de compensadores síncronos. Se han revisado los procedimientos de operación y, los requisitos técnicos para parques renovables son hoy más exigentes en respuesta dinámica y huecos de tensión. La industria ya sabe que, con cada vez más renovables en el sistema, no basta con producir energía al menor coste; también es necesario asegurar que estas nuevas fuentes se integran bien en la red y contribuyen a mantener un suministro estable y seguro. El cambio estructural sigue avanzando a un ritmo insuficiente. Aunque existe mayor conciencia sobre la necesidad de modernizar la red y las infraestructuras críticas, invertir en activos más estables, acelerar la digitalización y transformar las organizaciones, la evolución tecnológica y las necesidades del sistema avanzan más rápido que la inversión real.
¿Qué lecciones clave dejaron las instituciones y las empresas tras aquel episodio?
Desde mi punto de vista, que la resiliencia operativa es algo que debe estar en el centro de cualquier planificación energética; la agenda de transición energética y otras decisiones geopolíticas llevan a tomar decisiones donde hasta ese momento se confiaba mucho en una infraestructura que, para todos, era puntera y con escasa probabilidad que algo así pudiera suceder. Por otro lado, está claro que se debe pensar a nivel global, es fundamental que para disponer de un suministro energético seguro debamos tener una coordinación con nuestros países vecinos como Francia y Portugal e invertir de forma sostenida en las interconexiones con ellos. Por último creo que se es más consciente de que las decisiones de mercado tienen consecuencias inmediatas sobre la estabilidad física y, por tanto, tener una visión integral de la cadena de suministro es elemental.
¿Está hoy la red eléctrica mejor preparada para evitar un fallo similar?
La red de transporte energético español ha sido siempre una de las más robustas de Europa, por lo que debemos hablar de cómo una red ya avanzada pasa a ser una red excelente en términos de modernización digital y preparación para las futuras necesidades. En este sentido se han tomado acciones aunque aún hay un largo camino por recorrer para que situaciones como la vivida, puedan ser predecibles y actuar en consecuencia.
¿Qué riesgos pueden tensionar el sistema en los próximos años?
Es necesario tomar acción y empezar a dar respuesta con contundencia a la electrificación de la demanda —centros de datos, transporte, calor industrial— lo que tensionará el sistema. A eso se suman los cuellos de botella en transporte y distribución, los plazos de tramitación, la incertidumbre sobre el calendario nuclear y un perímetro ciberfísico cada vez más amplio. El riesgo relevante no es un único punto de fallo, sino la acumulación de presiones simultáneas sobre una infraestructura que requiere una respuesta rápida cuanto antes a las necesidades presentes.
¿Cómo influye el aumento de las energías renovables a la estabilidad del sistema?
Las renovables no son el problema. El problema es operar con una arquitectura diseñada para máquinas síncronas cuando dos tercios de la generación son electrónica de potencia. La salida no pasa por frenar la transición, sino por dotarla de lo que le falta: almacenamiento, inversores con capacidad de formación de red, compensadores síncronos y gestión activa de la demanda. Cuando esas piezas están en su sitio, una red altamente renovable puede ser tan estable —o más— que la convencional.
¿Qué papel deben jugar las políticas públicas para garantizar un suministro seguro y asequible?
En mi opinión creo necesario reducir la carga administrativa y trámites burocráticos sin rebajar estándares técnicos y disponer de un plan claro de inversión que impulsen el refuerzo y la modernización de la red para adaptarla a las nuevas necesidades de consumo, electrificación y generación distribuida.
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