Te han contado que el valenciano viene del Zárate. Pero esa frase no nace de la historia, nace de una construcción moderna. Porque antes de que Jaime I entrara en Valencia en 1238, esta tierra ya hablaba.
No era un territorio mudo esperando que alguien le trajera una lengua en una mochila. En Valencia había árabe, había hebreo, pero también había romance. Había población cristiana mozárabe, había voces populares, había nombres de lugares, había formas vivas que no desaparecieron con la tecnología.
Y hay algo que muchos prefieren no mirar, las jarchas, esos versos antiguos, escritos dentro de poemas árabes y hebreos, donde aparece una lengua romance anterior a la Conquista. No estamos hablando de opiniones de tertulia. Estamos hablando de huellas escritas, de lengua viva, de memoria anterior a 1238.
El relato de que el valenciano es simplemente catalán trasplantado es una simplificación interesada, reforzada en los siglos XIX y XX por corrientes políticas, culturales y académicas que quisieron meter realidades distintas en una misma caja. Pero la historia es más testaruda que la ideología.
El valenciano no nace como copia. Nace como propia, en una tierra con su estrato propio, con romance anterior, con reino propio, con leyes propias, con literatura propia y con un siglo de oro propio. Que se parezca al catalán no prueba dependencia.
Pero parecido no significa sumisión. Y aquí está la clave. Valencia no empezó a hablar en 1238.
Valencia ya hablaba. Quien niega eso no defiende la ciencia. Defiende un relato moderno disfrazado de historia.










