La inteligencia artificial generativa ha llegado para quedarse. Negarlo sería tan absurdo como ignorar en su día internet, el correo electrónico o las redes sociales. Bien utilizada, puede ahorrar tiempo, agilizar procesos, ordenar ideas, resumir documentos, automatizar tareas repetitivas y aumentar la productividad de profesionales, empresas y organizaciones. Puede ser una aliada extraordinaria. Pero solo cuando existe algo imprescindible detrás, criterio humano.
El problema no es la IA. El problema comienza cuando se utiliza para sustituir el conocimiento que nunca se tuvo. Ahí aparece el disparate.
La inteligencia artificial puede redactar un texto jurídico, una nota de prensa, una estrategia de comunicación o incluso una propuesta educativa. Pero que pueda hacerlo no significa que quien la usa comprenda realmente el fondo de aquello que está produciendo. Y esa diferencia es enorme. Porque un profesional no se define por pulsar un botón, sino por saber distinguir qué sirve, qué no sirve, qué es riguroso, qué es ético y qué puede tener consecuencias graves.
La IA no aporta experiencia vital, ni sensibilidad profesional, ni intuición, ni responsabilidad. No entiende el contexto humano de una noticia, la complejidad de una crisis reputacional, el impacto de un titular mal formulado o el daño que puede provocar una información incorrecta. Solo reorganiza patrones a gran velocidad. El criterio sigue siendo humano.
Por eso preocupa cierta tendencia a convertir la IA en un atajo para ejercer profesiones cuya esencia se desconoce. Personas que redactan sin saber escribir, comunican sin entender la comunicación, diseñan estrategias sin conocer la realidad social o elaboran contenidos técnicos sin comprender sus implicaciones.
El resultado suele ser inmediato, textos vacíos, mensajes artificiales, errores de fondo y una peligrosa apariencia de solvencia. Contenidos que “juntan letras” y aparentan profundidad, pero que muchas veces carecen de pensamiento real, experiencia o conocimiento detrás. Porque la cuestión no es solo qué se escribe, sino qué se quiere decir realmente, qué base sostiene ese mensaje y al servicio de quién o de qué se está comunicando.
Hoy, más que nunca, ya no se paga únicamente el tiempo invertido, sino el conocimiento y la capacidad de garantizar que algo está bien hecho, el criterio. En apenas segundos, una herramienta puede generar lo que antes llevaba horas, incluso días. Pero el verdadero valor no está en la velocidad, sino en saber si aquello que se ha producido tiene sentido, rigor y utilidad. Lo que realmente se paga es el conocimiento, el discernimiento, el buen uso de la herramienta y, sobre todo, el criterio profesional.
La IA puede ayudar a un periodista a documentarse más rápido, pero no sustituye la mirada periodística, la investigación, el análisis. Puede asistir a un abogado, pero no reemplaza el razonamiento jurídico. Puede apoyar a un docente, pero no educa por sí sola. Puede acelerar procesos creativos, pero no reemplaza la creatividad auténtica ni la comprensión profunda de aquello que se está contando.
El verdadero riesgo no es tecnológico, sino cultural, creer que acceso o ser usuario equivale a conocimiento. Y no es lo mismo.
Estamos entrando en una etapa en la que el valor diferencial ya no será únicamente saber usar herramientas de IA, porque eso terminará siendo común. Lo verdaderamente importante será conservar pensamiento crítico, criterio profesional y capacidad de análisis. Es decir, seguir sabiendo qué hacer con la información, por qué hacerlo y para quién hacerlo.
La inteligencia artificial bien utilizada puede liberar tiempo para pensar mejor. Mal utilizada puede llenar el mundo de contenido rápido, superficial y peligrosamente convincente.
Porque la IA, sin criterio, no es innovación. Es un disparate.
Gema Piñeiro
Responsable de prensa del CERMI Estatal
Seguiremos Comunicando…








