Hay patriotas de muchas clases. Están quienes madrugan para trabajar, quienes pagan sus impuestos, quienes cumplen las leyes aunque no les gusten, quienes defienden las instituciones incluso cuando quienes las ocupan les resultan insoportables y quienes, llegado el caso, arriesgan de verdad el pellejo por los demás. Y luego están los patriotas náuticos.
Ayer, una flotilla de embarcaciones particulares decidió entrar en el puerto de Ceuta como quien desembarca en Normandía, aunque con una diferencia fundamental: aquí no había fuego enemigo, sino champagne francés, marisco y teléfonos móviles perfectamente cargados para documentar la hazaña en redes sociales.
La expedición, nutrida por propietarios de embarcaciones y algunos veraneantes de la Costa del Sol, navegó en un ambiente festivo-patriótico que alcanzó su apoteosis al atravesar la bocana mientras sonaba el himno nacional y se jaleaba al Ejército y a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Faltó únicamente que alguien arrojara confeti desde el mástil.
La banda sonora fue Manolo Escobar. Una elección impecablemente española, aunque, dadas las circunstancias y la identificación de alguna de las embarcaciones, quizá habría sido más apropiado el tema de apertura de la serie sobre Pablo Escobar. Al menos habría acompañado mejor la mezcla de testosterona, exhibicionismo y épica de saldo.
Pero detrás del sainete de gamba y chuletón aparece una cuestión bastante más seria. ¿Qué entiende exactamente esta gente por patriotismo?
Porque amar a España no consiste en envolverse en una bandera mientras se exige obediencia a quienes consideran que deben obedecerles. Y mucho menos consiste en identificar la patria con el Gobierno de turno, el Ejército, una determinada ideología o la propia concepción moral de España.
La patria constitucional es bastante menos folclórica: es un Estado sometido a la ley. Y si alguna actuación del poder vulnera la Constitución, el deber patriótico no consiste en mirar hacia otro lado porque “son los nuestros”. Consiste precisamente en defender el orden jurídico mediante los instrumentos que el propio Estado de Derecho proporciona.
La obediencia debida nunca ha sido una patente de corso moral. La historia europea debería habernos enseñado ya esa lección.
Así que, antes de volver a sacar la bandera, quizá convendría sacar también la Constitución de la estantería. No ocupa demasiado y, a diferencia del champagne, no hace falta enfriarla.
Que Dios los coja confesados y que viva España.










