En la Tierra a lunes, septiembre 21, 2026

ESPAÑA ARRUGADA

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La mañana del domingo tuve que salir hacia Madrid para volver a mi actividad, que en realidad no ha parado. Y cometí ese acto de fe contemporáneo que consiste en comprar un billete de tren pensando que, por el precio, quizá todavía quede algo de aquella Alta Velocidad Española que un día enseñábamos al mundo con orgullo.

117 euros. AVLO. Y empieza el viaje.

AVLO es la depresión del AVE. La versión encogida, plastificada y exprimida de aquel tren que España inauguró en 1992 como símbolo de modernidad. No necesito que me lleven caviar ni una copa de champán. Tampoco quiero que me abanique un señor con guantes blancos. Quiero sentarme razonablemente, beber agua si tengo sed y no tener la sensación de haber pagado un billete de alta velocidad para viajar en un Cercanías lanzado a 300 kilómetros por hora.

Porque ahí empieza la España arrugada.

La alta velocidad nació en nuestro país con la línea Madrid-Sevilla. El viaje inaugural oficial tuvo lugar el 14 de abril de 1992 y el servicio comercial comenzó el 21. Era otra España, gobernaba Felipe González y aquel TREN pretendía demostrar que podíamos hacer determinadas cosas tan bien como el resto, pero mejor, con más cojones, que eso es muy de aquí. Renfe recuerda todavía aquel estreno como uno de los grandes saltos tecnológicos de su historia. Sin duda, el mayor.

Treinta y cuatro años después subo a un AVLO y donde antes la imagen de la alta velocidad estaba asociada al espacio, el servicio y cierta comodidad, ahora encuentro la filosofía del embutido.

Tres más dos. Cinco pasajeros por fila. No es una impresión mía: los AVLO S106 tienen 581 plazas y distribución 3+2. Renfe los presenta precisamente como los trenes de alta velocidad de mayor capacidad de España. Los AVE S106, en cambio, tienen 507 plazas y combinan disposiciones 2+2 y 3+2. Las 2+2 no las he visto…

Traducido al idioma del pasajero: donde cabían un número razonable de pasajeros, viajando con dignidad, ahora caben más. El milagro de los panes y los peces aplicado a la nalga española. La butaca parece diseñada después de que alguien decidiera que el ciudadano medio debe viajar con los hombros recogidos, las piernas negociando una tregua y el ordenador haciendo equilibrios. Plástico, estrechez y aprovechamiento industrial del centímetro cuadrado.

Y cafetería, ninguna. Esto tampoco es una metáfora. AVLO no dispone de cafetería. Renfe explica que ofrece máquinas automáticas de bebidas y aperitivos o, dependiendo de la ruta, servicio de bar móvil. Estupendo. El domingo las máquinas que tenía delante podían haber sido esculturas de arte contemporáneo porque para beber me servían aproximadamente para lo mismo. Ni agua.

Ahí estaba yo, después de pagar 117 euros, contemplando una máquina AZKOYEN como quien observa una fuente seca en mitad del desierto. Y entonces uno recuerda que hace unos años discutíamos sobre si el AVE debía tener mejores servicios, mejores horarios o precios más competitivos. Ahora parece que debemos dar las gracias porque el tren aparezca, tenga raíles debajo y llegue aproximadamente al lugar escrito en el billete. Esto también es España arrugada.

Hemos ido rebajando nuestras exigencias al mismo ritmo que aumentaban nuestras facturas. Y sobre todo hemos aprendido una cosa peligrosísima: RESIGNARNOS. Porque el problema no es Óscar Puente. Sería extraordinariamente cómodo que toda la responsabilidad de cómo funciona el ferrocarril español pudiera meterse dentro de un solo ministro y enviarse certificada al Ministerio de Transportes. El problema es mucho mayor.

El problema es un país donde el ciudadano empieza a considerar normal pagar más por recibir menos y donde la crítica inmediatamente se clasifica por bandos. Si protestas contra Puente, eres de derechas. Si protestas contra Vivas, eras de izquierdas. Si criticas una administración, alguien necesita saber primero a quién votas antes de decidir si tu indignación es legítima. Y una vía rota no vota. Un tren no tiene ideología. Un muerto tampoco. Adamuz debería haber terminado con esa estupidez nacional.

El accidente del 18 de enero dejó 46 muertos y más de 120 heridos. Y ocho meses después continúa una investigación judicial y técnica que no admite todavía el simplismo de adjudicar causalidades definitivas desde una tertulia. Lo que sí sabemos es relevante: un informe de la Guardia Civil remitido al juzgado ha reforzado la hipótesis de un fallo en la zona de soldadura de dos segmentos del carril y detectó signos compatibles con fatiga previa del material. Los peritos judiciales han señalado además un defecto de nivelación de 6,4 milímetros detectado meses antes que pudo contribuir a la rotura.

Esto es bastante más serio que un tuit.

Y precisamente por eso el ministro tampoco debería comportarse en las redes como si cada crítica fuera una pelea de bar. El propio Óscar Puente ha reconocido públicamente que bloquea a numerosos usuarios en X y que algunas veces se “calienta” en sus respuestas. Es perfectamente legítimo que un ministro se defienda de insultos. También lo es preguntarse si la comunicación política permanente ayuda cuando su departamento afronta una tragedia ferroviaria de semejante dimensión.

Porque gobernar consiste también en aguantar preguntas incómodas. Incluso las injustas. Especialmente las injustas. Mientras tanto, seguimos viajando. Pagamos. Nos sentamos. Encogemos los hombros. Y llegamos a nuestro destino pensando que podría haber sido peor. Esta quizá sea la enfermedad española más inquietante del momento: hemos convertido el «podría haber sido peor» en una unidad oficial de calidad.

Y entonces aparece Ceuta. Ceuta parece otro asunto, pero no lo es.

Ferrocarriles, fronteras, vivienda, sanidad, administración, seguridad, impuestos. Distintos escenarios y una misma pregunta: ¿en qué momento el ciudadano dejó de exigir y comenzó simplemente a soportar?

Ceuta tiene apenas unos veinte kilómetros cuadrados. Es una miniatura territorial convertida ahora en gigantesco laboratorio político. Allí todo sucede comprimido: frontera, soberanía, inmigración, seguridad, diplomacia, convivencia y abandono percibido. Y cuando algo sucede en un territorio tan pequeño, no existe un rincón suficientemente lejano para ignorarlo.

En estos mismos días, incluso la instalación del campamento previsto en el puerto para más de mil inmigrantes ha acabado ante la Audiencia Nacional, que ordenó paralizar temporalmente las obras mientras reclama documentación sobre seguridad y compatibilidad con una infraestructura crítica. El Gobierno defiende la instalación como respuesta humanitaria urgente; el sindicato policial que la recurrió sostiene que existen riesgos que deben evaluarse. Ese es el debate que merece España. Datos contra datos. Responsabilidades contra responsabilidades. Y ciudadanos haciendo preguntas. No hinchas. Pero hemos fabricado un país de hinchas. Los míos contra los tuyos.

Vivas contra Puente… Sánchez contra Ayuso… Madrid contra Barcelona. Derecha contra izquierda. Y mientras discutimos sobre quién debe recibir el insulto del día, alguien vuelve a colocar una fila más de asientos, otra tasa, otra restricción, otra explicación y otra máquina que no funciona. Hasta que descubrimos que somos nosotros los que estamos viviendo encogidos. España no está deprimida. Está arrugada. Arrugada de resignación. Arrugada de trincheras. Arrugada de asumir que protestar sólo merece la pena cuando gobiernan los otros.

Y quizá algún día cambie el Gobierno y una parte del país que hoy permanece callada descubrirá súbitamente las calles, las pancartas y la indignación; mientras otra parte, que ahora protesta, descubrirá milagrosamente la paciencia.

Entonces habremos vuelto a fracasar. Porque una sociedad adulta no exige según quién ocupe La Moncloa. Exige siempre. A unos. A otros. Y a los siguientes. Yo sólo quería viajar a Madrid. Pagué 117 euros. Me senté en mi pequeño rectángulo de plástico. Intenté comprar agua. Y mirando aquella máquina muerta entendí algo bastante peor que tener sed: que el verdadero low cost no era el tren.

Éramos nosotros.

pedro de aparicio y pérez de Lucentis…

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