Un pequeño hombre, dicen quienes lo arropan; una responsabilidad gigantesca sobre los hombros. Y delante, Ceuta.
Apenas veinte kilómetros cuadrados de España enfrentados a un problema cuya dimensión desborda cualquier comparación razonable con su tamaño. Una ciudad donde no existe distancia suficiente para que una crisis suceda «en otro barrio». Todo queda cerca. La frontera, el puerto, las playas, los centros de acogida, los policías, los guardias civiles, los inmigrantes que duermen fuera, los comerciantes, los colegios y los vecinos que intentan continuar viviendo mientras el resto de España no sale de su asombro, pero sólo eso, no sale….
Vivas donde vivas, imagina que todo eso sucede delante de la puerta de tu casa.
Eso es Ceuta. La entrada masiva de finales de julio, convirtió durante horas la frontera española con Marruecos en escenario internacional. Las cifras publicadas varían según las fuentes y los momentos del recuento: se ha hablado de más de 70.000 entradas e incluso de cifras próximas a 80.000, aunque la mayoría regresó posteriormente a Marruecos. Semanas después, Reuters estimaba que todavía permanecían alrededor de 10.000 personas en Ceuta. No estamos hablando de Madrid. Ni de Andalucía. Ni de una comunidad de decenas de miles de kilómetros cuadrados capaz de repartir el impacto territorialmente. Estamos hablando de Ceuta. Una ciudad diminuta que ha tenido que absorber en unas semanas una presión humana extraordinaria.
Y por eso las cifras han terminado perdiendo casi su significado. ¿Diez mil? ¿Trece mil? ¿Mil menores? ¿Setecientos? ¿Mil setecientas plazas nuevas?…
Cada día aparece un número diferente porque la fotografía cambia y porque la Administración continúa identificando, acogiendo, tramitando retornos y tratando de determinar quién es adulto, quién es menor, quién puede solicitar protección y quién puede ser objeto de devolución conforme a la ley. El Gobierno había iniciado a mediados de septiembre al menos 1.800 expedientes de devolución, mientras miles de personas continuaban alojadas en dispositivos provisionales o permanecían fuera de ellos.
Y mientras contamos personas, Ceuta continúa contando metros cuadrados.
Porque esa es la brutal diferencia. En una gran ciudad, mil personas son una estadística. En Ceuta, mil personas son una calle. Cinco mil son un barrio. Diez mil modifican la vida cotidiana de una ciudad entera. De ahí nace el enfrentamiento político que ya ha dejado de ser únicamente una discusión sobre inmigración. Es una pelea sobre competencias, seguridad, responsabilidad, previsión, relaciones con Marruecos y, sobre todo, sobre quién debía haber hecho qué y cuándo.
Vivas sostiene que avisó: ha asegurado públicamente que el 27 de julio pidió al Gobierno la declaración de emergencia nacional y la creación de un mando único, tres días antes de la entrada masiva, y afirma incluso que desde Moncloa terminaron pidiéndole que dejara de llamar porque estaban siendo «muy pesados». Esa es la versión del presidente ceutí y debe contarse como tal.
Después llegó la avalancha. Y después la guerra política. Vivas ha llegado a definir lo ocurrido como una «invasión en toda regla», responsabilizando a Marruecos de permitir la presión fronteriza y reclamando una reacción mucho más contundente del Estado y de Europa. También ha pedido en Bruselas presencia de Frontex, participación de la Agencia Europea de Asilo, más financiación y un estatus europeo específico para Ceuta y Melilla.
El Gobierno central ofrece otra fotografía.
Interior sostiene que ha reforzado progresivamente los efectivos hasta alcanzar 1.659 policías nacionales y guardias civiles en la ciudad y defiende que Ceuta dispone ahora de una elevadísima presencia policial en relación con su población. También ha multiplicado los equipos destinados a identificación y tramitación de extranjeros. Y aquí aparece una de las contradicciones más difíciles de explicar al ciudadano. Puede haber más agentes que nunca y, al mismo tiempo, agentes denunciando que trabajan sin los medios que necesitan. No son afirmaciones incompatibles.
Los sindicatos policiales denunciaron durante agosto problemas materiales, falta de ordenadores para realizar identificaciones, dificultades de alojamiento y sobrecarga de trabajo. La Asociación Unificada de Guardias Civiles habló incluso de jornadas interminables, falta de relevos suficientes, agresiones, rescates de cadáveres y carencia de apoyo psicológico para quienes estaban soportando la primera línea de la crisis. Interior, por su parte, defiende los refuerzos realizados. Y esa es quizá una de las imágenes más incómodas de todo este asunto.
Abrimos centros para quienes llegan —como exige una emergencia humanitaria y el ordenamiento jurídico— mientras quienes tienen que identificarlos, custodiarlos, protegerlos, rescatarlos del agua o mantener el orden reclaman que también alguien se acuerde de ellos. No debería existir contradicción alguna entre atender dignamente al inmigrante y cuidar dignamente al policía que lo atiende. Pero España tiene una extraordinaria habilidad para convertir cualquier problema práctico en una guerra ideológica.
Si denuncias las condiciones de los inmigrantes, inmediatamente alguien te coloca una etiqueta. Si hablas de los problemas de los policías, te colocas la contraria. Si dices frontera, eres una cosa. Si dices derechos humanos, eres la otra. Y entretanto la frontera sigue ahí, los derechos siguen ahí, los policías siguen ahí y miles de personas siguen ahí.
Ese es el fracaso. No comprender que todas esas realidades existen simultáneamente.
Ahora tenemos además un campamento en el puerto. Primero se proyectó un dispositivo temporal sobre unos 16.000 metros cuadrados de la ampliación de Poniente para aproximadamente un millar de personas. El Sindicato Unificado de Policía recurrió su ubicación por sus dudas sobre la seguridad de una instalación de este tipo dentro de una infraestructura portuaria crítica. La Audiencia Nacional ordenó inicialmente detener temporalmente la actuación mientras examinaba la documentación y, posteriormente, rechazó la medida cautelar que pretendía mantener paralizada la instalación.
Después llegaron las tiendas. Los servicios. La asistencia. La seguridad. Y la imagen que tienes delante.
CAMPAMENTO DE VERANO.
Sólo que aquí no hay vacaciones. Ni canciones alrededor de una hoguera. Ni padres esperando que sus hijos vuelvan el domingo con una mochila llena de ropa sucia. Hay seres humanos que quieren salir de allí. Hay una ciudad que quiere recuperar la normalidad. Hay policías que quieren medios. Hay vecinos que quieren respuestas. Hay políticos buscando responsabilidades. Y hay Marruecos al otro lado.
Siempre Marruecos.
Vivas ha llevado precisamente esa cuestión a Bruselas. Su acusación es inequívoca: sostiene que Rabat ha utilizado en más de una ocasión la presión migratoria como instrumento político contra Ceuta y reclama que la cooperación europea con Marruecos quede condicionada al respeto efectivo de la frontera. Eso merece una respuesta internacional seria. Porque España no puede reducir su frontera sur a una discusión doméstica entre Gobierno y oposición.
Ceuta es frontera española. Pero también es frontera exterior de la Unión Europea.
Y si Europa considera que sus fronteras comunes son verdaderamente comunes, Ceuta constituye uno de los lugares donde esa afirmación debe convertirse en algo más que una frase pronunciada en Bruselas. Mientras tanto, la vida continúa. Los ceutíes se levantan. Abren sus comercios. Llevan a sus hijos al colegio. Los médicos atienden. Los policías patrullan. Los guardias civiles vigilan el mar. Las ONG alimentan a personas que no tienen dónde dormir y se pasan, porque hay que ayudarles y ayudar a los ceutíes, que son los INVADIDOS, no los INVASORES. Lo diga el derecho internacional o su porquero…
Y miles de inmigrantes esperan saber qué ocurrirá con ellos. Incluso la apertura del nuevo dispositivo portuario no resolvió de golpe la situación. Tras el traslado de unas 1.700 personas, continuaban quedando muchas fuera de los centros y en asentamientos improvisados; Reuters recogía todavía estimaciones de miles durmiendo al raso.
Por eso hablar únicamente del campamento equivale a mirar una tirita y olvidarse de la herida. La cuestión verdaderamente importante es otra. ¿Cuál es el plan? No mañana. No el próximo Consejo de Ministros. No cuando pase la portada. El plan. Qué hacemos con quienes tienen derecho a permanecer. Qué hacemos con quienes legalmente tengan que ser devueltos. Cómo protegemos a los menores y a los nuestros. Cómo impedimos que vuelvan a producirse INVASIONES del territorio Europeo…. Cómo reforzamos a Policía y Guardia Civil. Qué exigimos a Marruecos y a su sátrapa que no recibe ni a sus muertos.. Qué exigimos a Bruselas, además de que hagan algo en algo y no llenen la frontera de leyes… Qué responsabilidad asume Ceuta. Y qué responsabilidad corresponde al Estado. Eso es gobernar. Lo demás es dónde está Wally. Un ministerio señalando a otro. La Ciudad señalando a Moncloa. Moncloa señalando a Vivas. Un partido señalando al contrario.
Y Marruecos contemplando desde la otra orilla una pelea española en la que demasiadas veces somos extraordinariamente buenos: encontrar al culpable antes de encontrar la solución.
Vivas donde vivas, intenta imaginarlo.
Veinte kilómetros cuadrados. Miles de personas añadidas en semanas. Una frontera exterior europea. Dos continentes. Un puerto estratégico. Fuerzas de seguridad sobrecargadas. Centros de acogida. Menores. Playas ocupadas, que da asco verlas… ¿Me puedo cortar el pelo en la playa de Gulpiyuri? Expedientes. Devoluciones. Marruecos. Europa. Madrid. Y ochenta mil ceutíes preguntándose cuándo podrán dejar de ser la apertura de un informativo y volver simplemente a ser ciudadanos. Quizá ésa sea la pregunta que deberíamos hacernos desde la Península. No si Vivas gana la batalla política. No si la gana Sánchez. No si Marlaska tuvo razón antes o después.
La pregunta es qué tiene que ocurrir para que Ceuta deje de necesitar héroes, culpables y campamentos y pueda volver a necesitar únicamente administradores que hagan su trabajo.
Porque Ceuta no necesita que la quieran mucho cuando aparece en televisión. Necesita que la gobiernen todos los días.
Vivas donde vivas.
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…










