En la Tierra a jueves, octubre 1, 2026

COME DULCE, CHUPA DULCE, VIVE DULCE, ERES DULCE…

…Bueno, sí lo sabemos: una industria gigantesca que ha conseguido algo extraordinario. Convertir un ingrediente del que las autoridades sanitarias recomiendan reducir el consumo, en una presencia casi permanente en nuestra alimentación y, además, envolverlo con palabras como placer, energía, felicidad, premio, infancia, celebración y cariño…

Publicidad

No sé quién decidió que había que endulzarnos la vida hasta enfermarnos.

Come dulce. Chupa dulce. Vive dulce. Eres dulce.

Y después sorpréndete cuando el cuerpo se hincha, los dientes se pudren, la báscula protesta y el metabolismo empieza a mandar cartas certificadas. La Organización Mundial de la Salud recomienda que los azúcares libres representen menos del 10% de la energía diaria y señala que reducirlos por debajo del 5% puede aportar beneficios adicionales. Para una dieta de unas 2.000 kilocalorías, ese 10% equivale aproximadamente a 50 gramos diarios; el 5%, a unos 25 gramos.

Veinticinco gramos. Seis cucharaditas. Y empieza ahora el juego. Mira una bebida azucarada. Un yogur aparentemente inocente. Unas galletas. Cereales de desayuno. Salsas. Panes industriales. Postres lácteos. Barritas. Zumos. Productos infantiles. No hace falta sentarse delante de un azucarero con una cuchara.

El azúcar ya ha venido a buscarte.

La OMS define como azúcares libres no solamente el azúcar que echamos voluntariamente al café, sino también los añadidos por fabricantes y cocineros, además de los presentes en mieles, siropes, zumos y concentrados. Ese detalle desmonta buena parte del cuento. Porque durante años hemos imaginado el exceso de azúcar como un problema del individuo incapaz de contenerse ante una tarta. No. También es un problema del entorno alimentario. El consumidor puede elegir no echar azúcar al café mientras desayuna un producto procesado que ya se ha incorporado por él.

EL VENENO NO ES EL AZÚCAR: ES EL EXCESO NORMALIZADO

Conviene decirlo correctamente porque si no la industria gana la discusión antes de empezar. El azúcar no es un veneno en sentido toxicológico. El organismo utiliza glucosa como fuente energética y los azúcares también aparecen naturalmente en alimentos como fruta o leche. El problema es otro mucho más incómodo: hemos convertido el exceso de azúcar libre en normalidad cotidiana. Y sus consecuencias están sobradamente documentadas. El consumo elevado de azúcares añadidos puede contribuir al aumento de peso y la obesidad y se relaciona con mayor riesgo de DIABETES TIPO 2 Y ENFERMEDAD CARDIOVASCULAR…

La relación con la caries dental es todavía más directa. La OMS recuerda que la caries afecta a unos 2.500 millones de personas y señala el consumo de azúcares libres como su factor de riesgo alimentario más habitual. Dos mil quinientos millones. Quizá deberíamos dejar de tratar el azúcar como si fuese purpurina comestible.

ESPAÑA YA CONOCÍA EL PROBLEMA

Los datos españoles tampoco son precisamente tranquilizadores. Las encuestas nutricionales utilizadas por la antigua AECOSAN estimaron que niños y adolescentes consumían una mediana de 95,1 gramos diarios de azúcares totales, mientras los adultos alcanzaban unos 78,1 gramos. En azúcares añadidos, los menores estaban alrededor de 48 gramos diarios y los adultos en 34,7 gramos. Hay que distinguir azúcares totales de azúcares libres o añadidos —no son lo mismo—, pero otro dato resulta revelador: aquellas encuestas estimaban que más de la mitad de los niños y adolescentes superaban el límite del 10% de energía procedente de azúcares añadidos, y entre los niños de 3 a 9 años lo hacía aproximadamente el 70%. Y después les ponemos delante un dibujo animado, una caja de colores y una mascota sonriente. Qué casualidad.

PUBLICITAR LA DULZURA

Lo verdaderamente asombroso no es que existan productos azucarados. Es la naturalidad con la que los hemos convertido en premios. Te portas bien: dulce. Cumples años: dulce. Vamos al cine: dulce. Es Navidad: dulce. Estás triste: dulce. Hay partido: dulce. Hay reunión: dulce. Eres niño: dulce. Eres adulto: también. Vas al hospital a oncología con el niño y todo lo que hay para desayunar es dulce… Yuhuuuuu…  Incluso el vocabulario participa en la campaña publicitaria. Dulce significa amable, cariñoso, agradable.

A nadie le dicen: «Qué triglicérido tan encantador eres».

El lenguaje ya hizo parte del trabajo de marketing. Mientras tanto, organismos sanitarios llevan años recomendando: etiquetado, educación nutricional, límites a la publicidad dirigida a menores y medidas fiscales sobre productos con alto contenido en azúcares. Y ahí aparece la pregunta verdaderamente incómoda: ¿por qué podemos publicitar con absoluta alegría un consumo que las mismas autoridades sanitarias nos piden reducir?

No hablo de prohibir una tarta. Hablo de dejar de fingir que todos los alimentos juegan en igualdad de condiciones.

¿Y LO DE LA ADICCIÓN?

El azúcar activa circuitos cerebrales relacionados con recompensa y placer y puede favorecer conductas de consumo repetitivo, especialmente dentro de alimentos ultraprocesados muy palatables. Pero decir que «el azúcar es más adictivo que la cocaína» es una simplificación que la evidencia científica en humanos no permite sostener seriamente. Y ni siquiera hace falta. La acusación más fuerte es otra: la cocaína no está en el desayuno de los niños. El azúcar sí puede estarlo. No se anuncia cocaína durante un programa infantil. No se coloca cocaína junto a las cajas del supermercado. No se ofrece cocaína como premio después de hacer los deberes. Con el azúcar, en cambio, hemos construido una liturgia social. Y precisamente por eso reducir su consumo resulta tan difícil. No porque sea una droga ilegal disfrazada. Sino porque forma parte de miles de decisiones cotidianas que ya ni siquiera identificamos como decisiones.

NO ES EL TERRÓN. ES EL SISTEMA

El problema del azúcar no está únicamente en el azucarero. Está en la formulación de productos. En la publicidad. En las porciones. En la educación alimentaria. En la disponibilidad. En la costumbre. Y también en esa extraordinaria habilidad de la industria para trasladar toda la responsabilidad al consumidor. «Tome una dieta equilibrada». «Haga ejercicio». «Consuma responsablemente». Magnífico. Pero mientras usted consume responsablemente, ellos formulan, empaquetan, promocionan y colocan el producto exactamente donde saben que usted lo encontrará.

La AESAN mantiene precisamente programas de reformulación dirigidos a reducir azúcares, sal y grasas en alimentos procesados. Si no hubiese un problema, nadie estaría intentando reformular nada. Por eso quizá ha llegado el momento de dejar de hablar solamente del ciudadano que come demasiado. Y empezar a hablar también de la sociedad que le ofrece demasiado, demasiado pronto y demasiadas veces.

Come dulce. Chupa dulce. Vive dulce. Eres dulce. Hasta que el organismo presenta la factura. Entonces ya no aparece ningún osito sonriente en el envase. Aparece el médico. Y resulta que aquella vida tan dulce llevaba años acumulando un regusto bastante amargo.

pedro de aparicio y pérez de Lucentis…

sorprendido por la diabetes tipo 2 y sus consecuencias y observador de niños de 6 años que también son tipo 2… ¡Más azúcar!

Publicidad

Noticias relacionadas

Relacionados Posts

Premiados de la XX edición de 'Los mejores de PR'

Noticias recientes

Publicidad

SUSCRÍBETE

Suscríbete a nuestro boletín y no te pierdas las noticias más relevantes y exclusivas.