Un Rey. Otro rey malito… Una playa limpia para la foto. Otra sucia para quien vive allí. Una calle vacía cuando conviene enseñar orden. Otra llena de flores, banderas y decoración para tapar el estiércol de una realidad que no cabe en el encuadre. Una Ceuta oficial. Y otra Ceuta real. La primera sale en los discursos. La segunda duerme en campamentos, espera respuestas, mira al mar y descubre que la frontera política empieza mucho antes que la geográfica.
Un mundo. Dos mundos.
Una España que se proclama moderna mientras gestiona con parches. Una Marruecos que aprieta cuando quiere, desde su ‘democracia’. Una Europa que mira, calcula y firma comunicados. Y en medio, Ceuta, convertida demasiadas veces en decorado de una partida que otros juegan. Lo más kafkiano es que todos hablan de soberanía, humanidad, convivencia, cooperación y futuro. Pero luego llega la realidad. Y la realidad huele peor.
Tenemos una monarquía en la que muchos se dicen republicanos, republicanos que corren a fotografiarse con reyes, monárquicos que critican a la Corona cuando no hace lo que esperan y políticos que cambian de convicción según la bandera que toque poner detrás del atril. Kafka habría pedido vacaciones. Porque Ceuta ya no parece una ciudad. Parece un espejo. Y lo que devuelve no gusta. Una Ceuta limpia. Otra sucia. Una Ceuta española. Otra abandonada. Una Ceuta para enseñar. Otra para esconder.
Y la pregunta ya no es cuál de las dos existe.
La pregunta es mucho peor:
¿cuál de las dos queremos seguir fingiendo que no vemos?
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…
