Hoy Risto Mejide ha contado que, dentro de su espacio, había creado otro espacio al que llamó “el comité de expertos”. Sin cómicos. Sin bufones. Sólo conocedores y sabedores de todo, de todo. Lo mismo de una DANA a la que no han ido jamás, que de un incendio del que han visto tres vídeos en redes. De política internacional, de justicia, de vivienda, de economía, de lo que toque.
Un comité de expertos de la nada.
Porque si Margallo puede presumir de haber visto pasar media historia de España desde primera fila, el resto debería tener un poquito más de pudor antes de colocarse la toga invisible de quien sabe de todo. Y algunas, además, son expertas en otra cosa. En guardar silencio. En tapar las miserias de la familia propia. En exigir transparencia al de enfrente mientras cierran las persianas de casa. Eso también es una especialidad. Los periodistas no tenemos que ser expertos en todo. Tenemos que ser expertos en preguntar. En contrastar. En escuchar al que sabe. En reconocer cuándo no sabemos. En separar una opinión de un hecho.
Y, sobre todo, en contar también aquello que nos toca de cerca, aunque duela, aunque incomode, aunque deje mal a uno de los nuestros. Ese es el oficio. No saberlo todo. Saber buscar la verdad sin disimular cuando no la encontramos.
Porque el gran problema de esta televisión de tertulia permanente es que ya nadie dice “no lo sé”. Todos saben. Todos opinan. Todos sentencian. Y al final, entre tanto experto, uno termina echando de menos a alguien que simplemente diga: “No tengo ni puta idea, pero voy a preguntar”. Eso sí sería revolucionario.
Yo, por mi parte, me marcho al psicólogo a pasarle consulta.
Total, por lo visto, también soy experto.
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…










