En la Tierra a lunes, octubre 19, 2026

EUROPA, LAS TORRES GEMELAS DEL MUNDO

Europa presume de civilización, patrimonio, derechos y memoria. Pero consume más de lo que produce, depende del exterior para buena parte de su energía, tiene una guerra en su frontera y sigue comportándose como si el edificio no pudiera arder nunca.

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Sobre las Torres Gemelas se ha dicho de todo. También que eran edificios caros de mantener, difíciles de adaptar, con problemas de aislamiento y con enormes costes de modernización. Pero una cosa es hablar de mantenimiento y otra convertirlo en explicación de su caída. La investigación técnica oficial del NIST fue bastante clara: los aviones dañaron columnas, arrancaron parte de la protección contra incendios y los fuegos posteriores debilitaron la estructura hasta provocar el colapso. No encontró pruebas que sostuvieran una demolición controlada.

Perfecto. Quitamos la conspiración. Y nos quedamos con la metáfora. Porque Europa sí tiene un problema de estructura.

En 2024 consumió unos 1.202 millones de toneladas equivalentes de petróleo de energía primaria y alrededor de 900 millones de toneladas equivalentes de petróleo de energía final. Y lo más incómodo: su dependencia energética exterior fue del 57%. Es decir, casi seis de cada diez unidades de energía que necesita proceden, directa o indirectamente, de fuera de la Unión. Eso no significa que Europa esté indefensa. Significa que depende. Y depender nunca es gratis.

Dependemos del gas, petróleo, minerales, semiconductores, cadenas de suministro, tecnología… decisiones que se toman en Washington, Pekín, Moscú, Doha o Riad.

Mientras tanto, tenemos una guerra abierta en Ucrania que ya forma parte del paisaje informativo como si fuera el tiempo de mañana. Rusia sigue atacando infraestructuras energéticas ucranianas y millones de personas continúan desplazadas dentro y fuera del país. La guerra no está congelada. Sigue destruyendo viviendas, redes eléctricas, agua, industria y vidas. Y Europa mira. Ayuda. Paga. Sanciona. Discute. Y vuelve a mirar. Trump y Putin juegan su partida. China juega la suya con Taiwán. Y Europa corre el riesgo de seguir siendo ese enorme salón ilustrado en el que todos discuten el color de las cortinas mientras otros deciden dónde estará la próxima puerta.

Trump está rebajando de nuevo parte de la presión sobre Moscú, hasta el punto de haber suspendido sanciones y aranceles que debían golpear a Rusia, mientras Zelenski denuncia que esas decisiones benefician al Kremlin. China, mientras tanto, continúa presionando a Taiwán y avisando a Europa de algo que nosotros mismos sabemos perfectamente: la dependencia económica termina convirtiéndose en dependencia política.

Y aquí aparece el interrogante que nos tiene locos a todos: ¿qué pasaría si mañana Europa tuviera realmente un mal día?

No una huelga. No una crisis de Gobierno. No otra subida del petróleo. Un mal día de verdad. Un ataque a una red eléctrica. Una interrupción masiva de suministros. Un sabotaje digital. Un conflicto que alcanzara territorio comunitario. Una ruptura prolongada de las comunicaciones. ¿Tenemos duplicado aquello que no podemos permitirnos perder? En patrimonio, al menos, Europa está empezando a entenderlo.

La Comisión Europea impulsa desde hace años la digitalización tridimensional de monumentos y espacios culturales. Su programa Twin it! pretende que los Estados miembros digitalicen en 3D bienes emblemáticos y anima a que, antes de 2030, se escaneen todos los monumentos considerados en riesgo y la mitad de los espacios culturales más visitados. Eso sí es inteligencia. Porque una catedral destruida no puede reconstruirse de memoria. Un museo bombardeado no vuelve a existir porque tengamos muchas fotografías en Instagram. Un archivo perdido no reaparece con un discurso de Bruselas. El patrimonio también necesita copia de seguridad. Como los bancos. Como las redes eléctricas. Como las comunicaciones. Como los hospitales. Como la propia democracia.

Y aquí llegamos a la parte más extraña de nuestro tiempo.

Compartimos planeta con civilizaciones que cuentan su historia en milenios, otras que cuentan sus calendarios de manera distinta y sociedades que viven simultáneamente en el siglo XXI tecnológico y en estructuras políticas o religiosas mucho más antiguas. Pero no estamos viviendo en épocas diferentes.

Estamos viviendo todos en 2026. Ése es precisamente el problema. Tenemos inteligencia artificial, satélites, drones, reactores, redes cuánticas y armas capaces de borrar una ciudad. Y seguimos resolviendo conflictos con territorio, religión, orgullo, miedo y emperadores. Cuatro mil años de historia no hacen automáticamente más sabia a una civilización. Dos mil tampoco. Ni mil cuatrocientos. El calendario no mide la madurez. La conducta sí. Europa tiene una ventaja extraordinaria: después de destruirse dos veces en el siglo XX, aprendió a construir una comunidad política sobre fronteras que durante siglos habían sido campos de batalla. Pero esa ventaja puede convertirse en debilidad si confundimos paz con invulnerabilidad. Las Torres Gemelas parecían eternas hasta aquella mañana. Europa también puede cometer ese error. No porque vaya a caerse mañana.

Sino porque los grandes edificios no suelen descubrir sus puntos débiles cuando están tranquilos. Los descubren cuando reciben el golpe.

Y entonces ya es tarde para preguntarse por qué nadie reforzó la estructura de nuestra catedral.

pedro de aparicio y pérez de Lucentis…

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