En un entorno mediático dominado por la inmediatez y el impacto constante, la forma en que la ciudadanía se informa ha experimentado una transformación determinante. El denominado news-snacking (un consumo rápido, breve e inconexo de la actualidad) no es fruto exclusivo del ritmo de vida contemporáneo, sino el resultado del diseño de plataformas digitales enfocadas en captar la atención mediante descargas de dopamina cortas y frecuentes.
Para comprender el impacto de esta dieta informativa en el debate público y en la salud democrática, Eduard Farran, profesor del Grado en Comunicación de la Universidad Internacional de Valencia (VIU) señala que la economía de pensamiento descrita por Daniel Kahneman o las teorías sobre la infocracia de Byung-Chul Han sirven para explicar cómo la falta de matiz alimenta los discursos viscerales.
Asimismo, Farran examina la responsabilidad del periodismo tradicional al adaptarse a los formatos de las redes sociales, la mecánica psicológica que acelera la propagación de bulos y las secuelas de la fatiga informativa.
El término news-snacking describe un consumo rápido y fragmentado. ¿Hablamos únicamente de falta de tiempo por parte del usuario o de un diseño premeditado de las plataformas para sustituir la comprensión por la dopamina?
El news-snacking no nació porque la vida moderna nos haya quitado misteriosamente horas del día (que también) si no que nació porque las plataformas descubrieron que el cerebro humano responde mejor ante la dopamina en dosis cortas y frecuentes a la hora de permanecer en ellas. Por decirlo de forma llana, prefiere el azúcar de la chuche al plato de verdura.
El nobel Daniel Kahneman en su libro “Pensar rápido, pensar despacio” deja claro cómo funciona este asunto. Nuestro cerebro es intrínsecamente ahorrador de energía y por esa razón se configura en dos formas de pensamiento. El “Sistema 1” (rápido, emocional e impulsivo) adora el impacto corto pero intenso. Por otro lado, el “Sistema 2” ( lógico y analítico y lento) requiere un esfuerzo que nadie quiere hacer a las ocho de la tarde mirando el móvil. Ante el bombardeo de mini dosis de dopamina informativa, el sistema 1, gana.
Las grandes plataformas han industrializado este sesgo cognitivo. La comprensión requiere pausa y reflexión; la dopamina exige volumen y velocidad. Es un modelo premeditado.
La prensa tradicional ha entrado de lleno en esta lógica adaptando sus piezas a formatos de 30 segundos en TikTok o titulares cebo. ¿Hasta qué punto el periodismo, intentando no perder audiencia, se ha vuelto cómplice de la superficialidad informativa?
Creo que ha sido una complicidad por pura supervivencia que empezó con la carrera de la digitalización de la información y la explosión de las redes sociales hace escasamente 10-15 años. La prensa tradicional persiguió el tráfico masivo creyendo que ahí estaba la estabilidad y el dinero. Pero en esa arena siempre gana el creador de contenido con un aro de luz y pocas ataduras éticas con la información. Al adaptarse al tiktokeo o al clickbait o el rage bait desesperado, el periodismo ha terminado abaratando su credibilidad, su activo más valioso por no decir el único.
Ahora bien, el news-snacking, en su esencia, no es un invento de las redes si no que es intrínseco del periodismo. La pirámide invertida, la entradilla y los titulares existen desde hace más de un siglo por una razón funcional: desgranar la noticia desde lo sintético hacia lo profundo. El problema no es sintetizar o hacer un vídeo de 30 segundos; el problema es cuando la tapa sustituye al plato. Cuando el periodismo renuncia a la profundidad por la persecución del clic pasa a convertirse en un simple espectáculo de variedades, cuando no en un escenario de manipulación.
Fenómenos estructurales como la vivienda o los flujos migratorios requieren contexto, datos y matices. Si el ciudadano medio solo consume titulares o fragmentos de vídeo descontextualizados, ¿es el news-snacking el principal catalizador de la polarización actual?
Es un acelerador de primera categoría. Byung-Chul Han lo explica de forma brillante en su teoría de la Infocracia. La información hoy ha perdido su carácter narrativo y acumulativo para ser un simple “infómata”. Es decir, un generador de estímulos inconexos que no producen conocimiento, sino conmoción. Cuando enfrentas un problema complejo como la crisis de la vivienda o los flujos migratorios y lo comprimes en un tuit de 280 caracteres o un vídeo de 15 segundos, lo único que sobrevive es el trazo grueso.
El news–snacking despoja a la realidad de los matices y lo que queda es el relato visceral. Por tanto, más que el catalizador único es el vehículo perfecto. Si no hay espacio para la complejidad, la única respuesta posible es el dogma.
En debates polarizados, el consumo fragmentado refuerza el sesgo de confirmación: consumimos solo el “bocado” que valida lo que ya pensábamos. ¿Queda margen real para el pensamiento crítico en un ecosistema que penaliza el matiz y premia la trinchera?
Queda margen, pero se ha convertido en un acto de resistencia casi heroico. El sesgo de confirmación es nuestro “lugar seguro” cognitivo. Nos encanta que nos den la razón porque calma nuestra ansiedad. El algoritmo lo sabe y nos construye cámaras de eco herméticas donde cada bocado informativo viene pre-sazonado con nuestra propia ideología.
¿Hay esperanza? Quiero pensar que sí, pero la solución pasa necesariamente por volver a educar a la audiencia. Más o menos como cuando enseñamos nutrición básica en las escuelas para evitar que los niños coman únicamente ultraprocesados. Hay que enseñar a dudar del primer impacto emocional. El pensamiento crítico en el siglo XXI no consiste en saber buscar información —eso ya lo hace la IA—, sino en saber parar, respirar y tolerar la incomodidad de leer algo con lo que no estamos de acuerdo.
Sostiene que las narrativas desinformativas son hiperbreves y emocionales. ¿Cuáles son los resortes narrativos exactos que hacen que un bulo triunfe en segundos mientras el desmentido o la explicación técnica fracasan?
El bulo juega con las cartas marcadas porque no tiene la servidumbre de la verdad. Un buen bulo activa instintos primarios como la ira, el miedo o la indignación moral. Utiliza una narrativa hiperbreve, directa, con un villano claro y una víctima reconocible. Apela al Sistema 1 de Kahneman de forma directa, sin pasar por la aduana de la lógica.
En cambio, la verificación o la explicación técnica es aburrida por definición y está sujeta a un código ético. Requiere condicionales, matices, datos cruzados y lenguaje. La verdad camina con la ética mientras que la mentira vuela libre de ataduras. Cuando el fact-checker llega con sus explicaciones, la audiencia ya está a otra cosa.
En momentos de crisis mediática o catástrofes, la demanda de inmediatez se dispara. ¿Por qué los mecanismos de verificación periodística siguen llegando tarde frente a la velocidad de propagación de los bulos en redes?
Como decía, llegan tarde porque jugamos a dos juegos completamente distintos. La verificación periodística opera bajo la lógica de la responsabilidad legal y el código deontológico. La propagación en redes -acelerada ahora por herramientas de IA generativa- opera bajo la lógica de la viralidad pura.
Aquí el verdadero peligro no es solo la mentira individual, sino la saturación. La IA multiplicada por el news–snacking produce un ruido informativo tan ensordecedor que el verdadero problema ya no es que la gente se crea una falacia concreta. El problema es la fatiga. Cuando hay diez versiones distintas de un mismo hecho trágico circulando en minutos, el espectador se abruma, desconfía de todo y cae en el descreimiento total.
La sobreinformación basura no busca convencerte de algo, sino hacer que renuncies a saber la verdad.
La sobreexposición a impactos informativos inconexos genera a menudo fatiga informativa e indefensión aprendida (infoxicación). ¿Qué secuelas psicológicas observables está dejando esta dieta informativa en la ciudadanía?
La secuela más directa son el cinismo paralizante y la apatía democrática. Cuando la ciudadanía está sometida a un goteo constante de manipulación, el cerebro activa un mecanismo de defensa natural: la desconexión emocional. Nos volvemos hiperreactivos a corto plazo e hiperpasivos a largo plazo.
Medidas para superar y controlar el poder del news–snacking y el algoritmo
Recogiendo un poco de todo lo que he comentado creo que la posible salida exige seguir tres puntos fundamentales al mismo tiempo:
- Regulación para exigir transparencia real y responsabilidad a las plataformas. El periodismo, por su parte, debe atrincherarse en la verificación como su único factor diferenciador. Si el periodismo hace lo mismo que un cuenta-cuentos de redes sociales está muerto.
- Educación y Dieta Digital: Incorporar la educación mediática en las aulas y en los propios medios. Enseñar a identificar la arquitectura de un bulo, los sesgos cognitivos propios y a gestionar la propia “dieta de información”.
- Pactos de Consumo Responsable: Impulsar modelos de suscripción y medios independientes para rescatar el valor del tiempo. La audiencia debe entender que la calidad cuesta dinero o tiempo; si el producto es gratis y rápido, el plato principal eres tú.
Seguiremos Comunicando…









