Óscar Puente ha conseguido que su continuidad al frente de Transportes se convierta en otra noticia dentro de la tragedia. El ministro apunta a una decisión humana inexplicable después de un fallo informático del sistema ferroviario. ¿Perdón? ¿Y quién explica por qué un error pudo convertirse en una catástrofe? ¿Quién controla los controles? ¿Quién supervisa a los supervisores? ¿Cuántas barreras de seguridad tienen que fallar para que dos trenes terminen encontrándose donde jamás deberían haberse encontrado?
El problema no es solamente el mantenimiento de las vías. Es el mantenimiento del país. De sus infraestructuras, de sus servicios públicos, de sus profesionales, de su confianza en las instituciones. ¿Cómo trabajan los empleados de Renfe y Adif? ¿Con qué presión, formación, medios y respaldo? ¿Qué sucede cuando algo falla? ¿Qué cultura de seguridad existe? Porque los trabajadores no pueden convertirse en los culpables universales cada vez que una organización descubre demasiado tarde sus propias debilidades.
Y ahí están los 23 de Moncloa, expresión de una España administrada desde despachos donde parece que nunca falta presupuesto para la propaganda y siempre hay dificultades para explicar lo que verdaderamente importa. Sánchez, Puente, Marlaska, Margarita Robles y compañía. Cada cual con sus competencias, sus comparecencias y sus responsabilidades. No todos tienen la culpa de todo, pero ninguno debería poder esconderse detrás de que la culpa siempre es de otro. Gobernar no consiste solamente en inaugurar. También consiste en responder cuando algo se rompe.
Se nos están cayendo los tótems. La sanidad, la educación, la vivienda, los transportes, la justicia, la seguridad, la confianza en la política. No porque todo haya dejado de funcionar, sino porque demasiados ciudadanos sienten que aquello que pagaron durante décadas ya no les ofrece las garantías que esperaban. Y cuando se pierde la confianza, la sociedad comienza a vivir de rodillas ante el miedo, el cansancio y la resignación.
Y cuidado con la oposición. Los muertos no son papeletas electorales. Feijóo y Abascal tienen derecho y obligación de exigir explicaciones, investigaciones independientes y responsabilidades políticas. Pero no de convertir el dolor en una competición de declaraciones incendiarias. Aquí nadie debería buscar una victoria parlamentaria sobre los restos de una tragedia.
A mí no me interesa si el ministro está triste, emocionado, agotado o preocupado por su futuro. Me interesa conocer qué ocurrió, por qué ocurrió, qué se pudo evitar y quién debía impedirlo. Me interesa que los profesionales puedan trabajar sin miedo, que los pasajeros viajen sin encomendarse a estampitas y que las familias de las víctimas reciban verdad, atención, justicia y respeto.
España no necesita otros veintitrés discursos. Necesita responsables que respondan. Necesita inversiones que se ejecuten, protocolos que funcionen, controles que no se salten, instituciones que no se protejan a sí mismas antes que a los ciudadanos. Y necesita recuperar algo que no se compra con dinero público: la confianza.
Me jode que nos roben. No puedo soportar que nos maten. No afirmo que nadie haya querido matar a nadie. Lo que no soporto es que una tragedia pueda acabar convertida en un expediente, un error humano, una indemnización y una página más del calendario.
Hoy hay familias a las que jamás les devolveremos lo que han perdido. Y por ellas, precisamente por ellas, no quiero insultos vacíos, excusas ni fotografías.
QUIERO LA VERDAD. TODA. Y QUE LA PRÓXIMA VEZ NO HAYA QUE CONTAR MUERTOS PARA QUE ALGUIEN ESCUCHE.
pedro de aparicio y pérez de Lucentis…










