Me llaman amigos desde El Prat, ese prado donde la Generalidad catalana y la administración estatal han ensayado estos días el “no man’s land”, la anarquía, la tierra sin gobierno, la utopía de que “no mande nadie a ver qué cosas suceden, y a probar cómo se comtan los buenos ciudadanos”. Pues ya lo ven. No puedo reproducir las palabras de las víctas del caos que son exabruptos provocados un momento de indignación, con la cabeza caliente, sin frialdad, que es lo que se lleva en los medios. Ya se acordarán de cómo alguna tele pública se guardó en el cajón la indignación de la madre de los Pagaza hasta que se le pasara el calentón. Estoy seguro de que si hoy la sacaran volvería a decir lo mismo.
El resultado ha sido un colapso de tres días. El amigo Llamazares, que no me ha llamado, pide que no se culpe a los trabajadores invadir las pistas. Pobrecitos, no sabían lo que hacían, tenían miedo de perder el empleo, y se echaron al cemento como sacrificados en la dura y llana explanada de
Miles de catalanes, mas algún italiano, unos cuantos madrileños, y el país entero, echa de menos que alguien ejerza su autoridad y sus competencias. Todos han mirado para otro lado, desde
El Prat, ese aeropuerto donde yo he hecho tantos amigos, ha dado la agen no de lo que somos, pero sí de lo que podemos llegar a ser, a nada que nos empeñemos, y siempre que tengamos los ministros adecuados para conseguirlo.
Me temo que llegará el gobierno, e partirá una solemne absolución, mientras la mitad de los catalanes turistas visten ropa ajustada o abundante, obtenida de la maleta de otros.
Que lo disfruten
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