En la Tierra a viernes, junio 12, 2026

BELFAST: UNA BOMBA DE RELOJERÍA

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…Los disturbios registrados en Belfast tras el apuñalamiento de un ciudadano irlandés a manos de un solicitante de asilo sudanés han vuelto a situar la cuestión migratoria en el centro del debate político europeo. La respuesta de grupos violentos, materializada en ataques contra viviendas de inmigrantes, incendios provocados y destrozos de vehículos, ha convertido la capital norirlandesa en un escenario dantesco que recuerda hasta qué punto la convivencia puede deteriorarse cuando el miedo y la ira borran al Estado de derecho construido sobre esqueléticas teorías…

No hay nada que pueda justificar la violencia racista. La inhumana persecución colectiva de personas por su origen, nacionalidad o condición migratoria constituye un fracaso de los cimientos que sostienen las democracias occidentales. Cuando ciudadanos inocentes se convierten en objetivo de represalias por actos cometidos por individuos concretos, la sociedad entra en una dinámica esquizofrénica y peligrosa que la sitúa ante el espejo de su propia debilidad.

Sin embargo, limitar el análisis a la condena moral de unos disturbios salvajes sería insuficiente. Lo ocurrido en Belfast no surge de la nada. Durante los dos últimos años, distintas ciudades del Reino Unido han sido escenario de protestas y revueltas relacionadas con la inmigración, la integración y la percepción de inseguridad. El malestar acumulado ha encontrado en los movimientos populistas el caldo de cultivo perfecto para explotar ante la sensación de que los gobiernos tradicionales han evitado abordar un problema que preocupa a esa parte de la población dispuesta a que sus prejuicios se transparenten profusamente: ese racismo que, con su disposición por buscar venganza, le lleva a unas prácticas violentas impropias de una cultura mínimamente desarrollada.

Esta vergonzosa realidad se extiende más allá de las islas británicas

En Alemania, donde residen millones de refugiados llegados en la última década, entre ellos más de un millón de ucranianos y alrededor de un millón de sirios, el debate migratorio se ha intensificado en paralelo al deterioro económico derivado de las consecuencias de las guerras de Ucrania y Oriente Medio y, sobre todo, de una gestión demencial de sus políticos. En muchos ciudadanos se ha instalado la idea de que sus instituciones no ofrecen respuestas satisfactorias a sus inquietudes sobre vivienda, empleo o servicios públicos, lo cual fomenta su rechazo a unas políticas migratorias que desde la propia administración alemana ya se intentan rectificar.

Belfast, una ciudad históricamente dividida por identidades religiosas y nacionales, acostumbrada a la violencia más salvaje, ha encontrado en su ciudadanía un punto de coincidencia en su rechazo a la inmigración. Una señal que debería ser de alarma para todos los gobiernos europeos que harían bien en escuchar antes de que la bomba de relojería les estalle en la cara por efecto de su ineptitud.

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